Tarsicio de Azcona

El padre Tarsicio de Azcona recibe el galardón en Leire

Permítanme que comience con una anécdota personal. Corrían los inicios de los noventa. El Gobierno de Navarra tenía instituida la Medalla de Oro de la Comunidad. Premiaba trayectorias de todo tipo, también las culturales, y eso nos permitió proponer a personalidades de talla indiscutible como José María Lacarra, Julio Caro Baroja, Angel Martín Duque y Alfredo Foristán, entre otros. Pero faltaba, a nuestro juicio, un premio que recogiera la trayectoria específicamente cultural de una serie de hombres y mujeres, nacidos en Navarra o vinculados a ella, que merecían tal reconocimiento. Con esta finalidad nació el premio Príncipe de Viana de la Cultura, que se otorgó por primera vez a un paisano y amigo del padre Tarsicio de Azcona, el historiador José Goñi Gaztambide. El acto, modesto y todavía sin la presencia de los Príncipes de Viana, se celebró en un ala del claustro de Leire y me tocó a mí glosar su vida y su obra.

Veinticuatro años después, el premio ha sido concedido a otro historiador, Jesús Morrás Santamaría, más conocido como el padre Tarsicio de Azcona. Se cierra así un ciclo en el que la cultura navarra tuvo en los clérigos uno de los sectores más sobresalientes. La historia, la música y la literatura son ámbitos en los que el número y la calidad de la obra vinculada a este sector brilla especialmente. La llegada de las universidades, la generalización de la enseñanza y la crisis vocacional son factores que explican el nacimiento de una nueva etapa, en las que el ámbito universitario tomará el liderazgo antaño casi monopolizado por el clero.

El premio al padre Tarsicio de Azcona me ha alegrado especialmente. A ello contribuyen razones personales: compartimos apellido, paisanaje, profesión y aficiones comunes. Pero, al margen de las citadas, hay una especialmente importante. El padre Tarsicio de Azcona es un historiador de cuerpo entero en el que convergen las virtudes de una abnegada profesión: es riguroso, discreto, cabal, generoso, lúcido e inasequible al desaliento. ¿Era razonable meterse en el avispero de las bulas pontificias a punto de cumplir los noventa años, en un contexto en el que la conquista e incorporación de Navarra a la Corona de Castilla corría el riesgo de ser utilizada como arma política más que como hecho histórico trascendente? Pues lo hizo y su último libro es, sin duda, un hito en la historiografía navarra de los últimos años.

Luis Javier Fortún, miembro del Consejo Navarro de Cultura y buen conocedor de la historia de la Iglesia en Navarra y de la obra del padre Tarsicio de Azcona, resumió perfectamente, al dar a conocer el premio, las cualidades que le adornan: calidad, rigor, minuciosidad y versatilidad. “Un historiador versátil, capaz de moverse con igual soltura en el escenario europeo, español, navarro y local”.

Desde el convento capuchino de Extramuros, un habitat ideal donde el silencio, una buena biblioteca y un excelente archivo tienen su asiento, el padre Tarsicio de Azcona ha compaginado sus tres grandes pasiones: su vocación religiosa, el amor a la docencia y el cultivo de la investigación. Y los noventa generosos años que Dios le ha concedido, este navarro de Yerri, un valle que rezuma por los cuatro costados historia viva, arte excelso, urbanismo definido y naturaleza pujante no los ha desaprovechado. La monarquía de los siglos XV y XVI, con figuras señeras como Isabel -monografía varias veces reeditada-, Fernando y Juana la Beltraneja, tan de actualidad tras la exitosa serie televisiva; la reforma de la Iglesia en tiempo de los Reyes Católicos; los asuntos relacionados con la conquista de Navarra; la historia de la orden capuchina y algunos de sus conventos; y amplias monografías sobre Azcona y el valle de Yerri, ejemplo cabal de historiografía local, son algunos de sus ámbitos más queridos. Así me lo rubricaba Lalo Azcona, el famoso periodista de la transición, hoy empresario de la comunicacion y presidente del Consejo Social de la Universidad de Oviedo, cuando hace unos meses le enviaba el libro “Azcona de Yerri” para que no olvidara sus orígenes navarros.

Sin duda que el acto de Leire será la culminación de una larga y fructífera vida. Pero no dudo que también disfrutará, y mucho, cuando se acerque hasta la basílica de la Virgen de Mendigaña, repleta de oros y oraciones, y recuerde sus primeros pasos y sus ancentros. Probablemente cerca, en la ermita de Santa Catalina, se topará con la media sonrisa de don José Goñi Gaztambide, que le susurrará al oido: ¡ya era hora!, ¡bienvenido al club! Enhorabuena. Sin duda, se lo merece.

Diario de Navarra, 15/5/2014

 

 

 

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