La epopeya de la fundación de Australia

Australia

Ojeando las novedades de la biblioteca municipal de Oteiza, cayó en mis manos un grueso libro titulado “La costa fatídica”. Versaba sobre la fundación de Australia y sus oscuros orígenes. Probablemente no me hubiera interesado si mi hijo Javier no estuviera desde hace un año por aquellos pagos. Mitad curioso y mitad agradecido al país que lo ha acogido, tierra que según él funciona como un reloj, inicié la lectura de un texto de naturaleza claramente histórica, fruto de una exhaustiva investigación y documentación, obra del australiano Robert Hughes, crítico de arte de la revista Time.

La contraportada del libro resume así su contenido: “Robert Hughes retorna en esta obra al país de su infancia para relatar la trágica historia de Australia. Con su brillante estilo característico se adentra en el oscuro origen de esta nación, que se remonta al sistema inglés de transporte de convictos. Entre 1778 y 1868 se sucedieron los viajes a través de los cuales se trasladó a cientos de miles de presidiarios hasta las lejanas costas australianas. Durante este periodo el territorio fue ante todo una enorme cárcel. A partir de documentos originales -cartas, diarios, papeles oficiales- Hughes desentierra ese impresionante pasado que durante mucho tiempo se prefirió ignorar”.

Es el propio Hughes, en el capítulo XVII “El final del Sistema”, el que nos realiza el balance. “El largo tormento del Sistema había terminado. ¿Qué se había conseguido? Podría ser grato afirmar que había fracasado por completo; que este antepasado no tan pequeño y no tan primitivo del gulag no disuadió a nadie en Inglaterra y no reformó a nadie en Australia (…) Los partidarios de la deportación tenían la esperanza de que ésta lograra, en términos generales, cuatro cosas: sublimar, disuadir, reformar y colonizar”.

No sublimó, porque las causas del delito estaban enraizadas en el propio sistema social: en la pobreza, la desigualdad, el paro y la miseria. Ser deportado al otro lado del mundo por robar alimentos y animales para el sustento, indica las radicales diferencias de clase existentes.

No disuadió a los potenciales delincuentes, ya que además de que el índice de delicuencia no disminuyó, era difícil convencer a las clases bajas de Gran Bretaña de que Australia era un lugar terrible al que había que evitar ir.

La reforma la consiguió en parte, gracias al sistema de asignación de reclusos a colonos, algo ya practicado en otras colonizaciones. Según Hughes el sistema de asignación fue, con mucho, la forma de rahabilitación penal más eficaz que se haya aplicado en la historia inglesa, americana o europea. La asignación fue la forma primitiva de la prisión abierta de hoy. Los dispersaba por el territorio y los mantenía trabajando en contacto con los libres. Era un trabajo duro, muy duro, pero fomentaba la confianza del individuo en sí mismo, le permitía aprender oficios y le otorgaba recompensas y compensaciones por desempeñar bien sus tareas.

El cuarto objetivo, la colonización sí que fue conseguido, con el resultado que conocemos: Exitosa en Nueva Gales del Sur y parcialmente fracasada en Tasmania.

¿Habrían actuado los australianos de modo diferente en algunos aspectos su su país no se hubiese colonizado como la cárcel del espacio infinito? Se pregunta Hughes. Y se responde: “Desde luego que sí. Habrían recordado más su propia historia. La empresa cultural obsesiva de los australianos era hace cien años olvidarla por completo, sublimarla, empujarla hacia los escondrijos más ocultos. Esto afectó a toda la cultura australiana”

Susan Sontag nos dice a modo de propagando en la contraportada q7e “Hughes cuenta una historia vívida, monumental y sorprendente como cualquier libro de Dickens o de Solzhenitsyn.. Pero esta historia era casi desconocida hasta la aparición de este magnífico libro”.

No es un libro de lectura fácil, pero, sin duda, como lo subtitula el autor, es la historia de la epopeya de la fundación de Australia. Una tierra lejana, desarrollada, libre, igualitaria y democrática. Una tierra que, no obstante, se permite ser absolutamente estricta con la emigración, y solo acepta extrajeros con visado de trabajo, y estudiantes, muchos estudiantes que, previo pago de carísimas matrículas, aprenden inglés en numerosas y bien montadas escuelas y pagan sus gastos ejerciendo la hostelería. Los hijos de los opresores, hoy forman parte de la masa laboral de los oprimidos. Aunque sea temporalmente.

Robert Hughes, La costa fatídica, Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2002, 727 págs.

 

 

 

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