En defensa del trabajo parlamentario

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Jorge Urdánoz en su escaño en el Parlamento de Navarra

Tengo hacia Jorge Urdánoz respeto político, aprecio intelectual y simpatía personal. Tal vez porque yo fui como él un independiente en las filas del PSN-PSOE y, sin aparente mérito alguno y para sorpresa de muchos, fui escogido para formar parte del primer gobierno socialista.

Atento a la actualidad, leí con interés algunos de sus escritos en El País y el Diario de Navarra, recabé de amigos comunes opinión sobre su trabajo en los gabinetes de María Teresa Fernández de la Vega y Alfredo Pérez Rubalcaba, y me entrevisté en un par de ocasiones con él en las semanas inmediatas a las elecciones forales de mayo de 2011. Tras una evaluación positiva de todo ello, sugerí a Roberto Jiménez la posibilidad de contactar con él, de cara a la nueva etapa que se avecinaba. Aunque no fue una sorpresa, no dejó de extrañarme por lo generosa su decisión de proponerle como número 5 en la lista al Parlamento de Navarra. Viví muy de cerca los escasos meses que estuvo entre nosotros. Participó activamente en el diseño de la campaña, vivió de forma un tanto atípica la vorágine de los mítines y, sin cultura de partido, asistió con perplejidad al funcionamiento de un grupo parlamentario que sostenía a un difícil e inestable gobierno de coalición, sin aparente trabajo que realizar. Por eso, no me sorprendió excesivamente su dimisión. Pero que un ciudadano con residencia en Pamplona, renuncie a un sueldo de 2.800 euros y cierto prestigio social para pasar a ejercer de profesor interino de filosofía en el instituto de Tudela, no es nada habitual y merece, cuando menos, respeto.

Volví a saber de su vida el pasado 13 de abril, al leer una entrevista en el DN con motivo de la presentación de su nuevo libro. La entrevista no carecía de interés. Comparto algunas de sus reflexiones sobre los males que aquejan a nuestro sistema político y representativo, y creo que sus valoraciones ayudan a animar un debate necesario, en el que deben escucharse todas las voces. En lo que no estoy de acuerdo es en un titular que él, hombre perspicaz, debía de haber medido y matizado: “Dimití como parlamentario del PSN porque cobraba 2.800 euros por no hacer nada”. Tan rotunda fue la frase que el propio medio la hizo la frase de la semana, con su correspondiente comentario.

De bien nacidos en ser agradecidos y creo que a él le ha faltado la generosidad que el partido le dispensó en su momento. Sin duda tenía cualidades que le adornaban, pero no era ni catedrático, ni alto funcionario, ni intelectual de cabecera. Y sin embargo, el partido confíó en él. ¿No se preguntó nunca que para ir de número 5 otros fueron pospuestos y algunos con muchos años de militancia ni siquiera aparecieron en puestos de salida? Sin embargo, éstos que sí tenían cultura de partido -respeto a las decisiones de la dirección, disciplina, solidaridad- aceptaron la propuesta y trabajaron para que la lista al Parlamento tuviera el mejor resultado posible. Por supuesto, él tenía el puesto asegurado desde el momento de su inclusión, una ventaja a su favor de las listas cerradas.

No participo ni en el fondo ni en la forma de su lapidaria frase: trabajar por no hacer nada. Él conoce muy bien la dinámica parlamentaria. No es lo mismo trabajar en la oposición que sostener al gobierno. Y a él, hay que reconocerlo, le tocaron unos meses especialmente poco activos, porque al comienzo de la legislatura se unió el periodo veraniego y una cierta perplejidad en el funcionamiento. Puedo dar fe de ello, porque era compañero de escaño y compartí muchas de estas perplejidades y reflexiones. Si hubiera permanecido, probablemente le hubiera pasado como a mí, que de defender con cierta dificultad algunas decisiones con las que no coincidía en su totalidad, se hubiera visto liderando la oposición en materia de cooperación al desarrollo con gran satisfacción personal y tranquilidad ideológica, aunque le supusiera un trabajo añadido. Es decir, el control e impulso al gobierno, ni más ni menos lo que corresponde realizar a la oposición. De ahí que mi percepción sea distinta. Yo, que perteneci a su grupo parlamentario, creo haberme ganado honradamente el sueldo, con más satisfacción, eso sí, en la oposición que sosteniendo al gobierno.

La reflexión de Jorge Urdánoz, llevada a su expresión máxima, nos llevaría a dos cosas: o bien a anular los grupos parlamentarios que sostienen a los respectivos gobiernos, sean del color que sean, independiente del país al que nos refiramos, o bien a reducir drásticamente la representación, en línea con lo que propugnan algunos partidos muy alejados de su adscripción ideológica. No se me oculta que estoy simplificando la cuestión, pero la brevedad del texto me impide matizar más mi posición. Todo ello sin dejar de reconocer los vicios de funcionamiento interno de los partidos, ámbito en el que queda mucho por mejorar.

Creo, en definitiva, que es de justicia defender el trabajo parlamentario, elemento esencial en un sistema democrático, aunque en éste, como en todos los órdenes de la vida, haya buenos, malos y regulares. La mayor parte se ganan honradamente el sueldo. Los que no, que vayan tomando nota. Su tarea es demasiado importante como para que estén perdiendo el tiempo. Ellos no sé, pero la ciudadanía navarra no debería permitírselo.

Diario de Navarra, 4/5/2104

 

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