Urbanismo sostenible

GuendulainVista de la conurbación de Pamplona desde Guenduláin

Dicen los expertos que, si miramos la macroeconomía, parece que nos aproximamos al final de la crisis. No deja de ser una cruel ironía señalarlo en un día en el que la EPA del primer trimestre nos deja para España la cifra de casi 6 millones de parados -el 25,9% de la población activa- y para Navarra la insoportable cifra de 53.800 desempleados -el 17,1%-, sin que nos consuele el hecho de ser la Comunidad con menor tasa de paro de nuestro país.

Esta ya larga crisis creció al calor del boom inmobiliario en el que Navarra también se vio inmersa. Una crisis en la que ganaron mucho unos pocos, y perdimos todos los demás. Pero si hay una actuación que ejemplifique como ninguna lo disparatado de la situación, ésa es Guenduláin, de la que hemos vuelto a tener noticias este mismo mes.

Pamplona, una ciudad que alberga en torno al 30% de la población de Navarra, dispone de un término municipal relativamente reducido y en buena medida urbanizado. De ahí que los núcleos periurbanos pegados a la capital hayan visto desbordarse sus entornos hasta el punto de constituir un todo uno con la propia ciudad. Es el caso de Burlada, Villava, Huarte, Noáin, Cizur, Berriozar y Ansoáin. Tras este primer perímetro, les llegó el turno a los pequeños núcleos de las cendeas de la Cuenca. Mendillorri, como solución planificada de urgencia, en los ochenta y Sarriguren, la gran actuación de las dos décadas siguientes, son los ejemplos más significativos de esta etapa. Pero la cosa no quedó ahí. Alentados por la supuesta escasez de pisos y con el señuelo de la vivienda social, se planificaron otras ciudades dormitorio que, sobre el papel, no contaban con las ventajas del suelo público de los anteriores y presentaban nuevos inconvenientes. El Plan Sectorial de Incidencia Supramunicipal (PSIS) de Guenduláin es el ejemplo paradigmático: 18.389 viviendas al pie de la Autovía del Camino, que convertía a este paisaje cerealista de las cendeas de Galar y Cizur, inicialmente previsto como cementerio comarcal y después cárcel, en la mayor ciudad dormitorio de Navarra, superior en habitantes a la propia Tudela.

Frente a una opinión positiva relativamente generalizada de partidos e instituciones hacia esa actuación, mantuve desde el primer momento una actitud crítica. Y todo ello por una razón de equilibrio territorial. Vivo desde hace 33 años en Oteiza y, desde entonces, sigo desplazándome casi todos los días a trabajar a Pamplona. He sufrido la vieja carretera, los arreglos de la misma y la planificación de la Autovía del Camino, y hoy, desde hace casi diez años, disfruto de las ventajas de un viaje cómodo, gratuito y seguro. Y he visto a lo largo de estos años, mejorar y aumentar los núcleos urbanos situados a la vera del Camino, y acercar y hacer apetecible la vida a las nuevas generaciones en los pequeños pueblos del entorno, animados por la cercanía a Pamplona. Todo eso, que en mi opinión es un claro ejemplo de buen equilibrio terrritorial, quedaba truncado con la urbanización de Guenduláin, un entorno situado en medio de la nada. Me permito recordar lo dicho en 2005 en esta misma sección: “La operación Guenduláin no es una más, sino probablemente la más importante de las noticias generadas este verano en nuestra Comunidad. Los tres millones de metros cuadrados comprados por la Asociación de Constructores Promotores de Navarra pueden permitir una operación de gran impacto que es preciso controlar (…) Queda, pese a todo, una cuestión previa por dilucidar: ¿le conviene al difícil equilibrio territorial de Navarra seguir concentrando población en el entorno metropolitano de Pamplona en demérito del resto del territorio? El debate está servido”.

Afortunadamente, casi una década después, estamos en el punto de partida. El Tribunal Superior de Justicia de Navarra acaba de anular el PSIS de Guenduláin por defectos de forma. Caben dos opciones: reiniciarlo o enterrarlo. Si priman los intereses generales, no tengo duda de la opción que debería elegirse, aunque en este caso pierdan los que tanto ganaron antaño. Pero el resultado final no es fruto del azar. Es de justicia reconocer la labor de las autoridades municipales de la cendea de Galar que, contra viento y marea, defendieron, ellos sí, un desarrollo sostenible. Aprendamos de los errores. La Navarra del futuro pasa por poner en valor la propia realidad de la ciudad, rehabilitar los barrios degradados, olvidarse de los macroproyectos, dar vida y servicios a los pequeños núcleos urbanos, y dotar al territorio de un urbanismo sostenible. Ironías del destino, la entidad promotora del plan se denominaba “Desarrollo sostenible”. Tal vez para hacer posible el primero, el segundo tenga que pasar a mejor vida. Que, al menos por una vez, la racionalidad se imponga al mercado.

Diario de Navarra, 1/5/2014

 

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