París en familia

                                                                        No solo de cultura vive el hombre. Iñigo y sus amigos dando cuenta de la tortilla y el embutido en las orillas del Sena.IMG_0208

Estos días de Semana Santa he estado en París con María Luisa e Iñigo, en una masiva excursión de dos autobuses, la mayor parte compuesta por familias de Oteiza y Larraga con niños pequeños. No son los días que más me gusta salir, ya que los oficios litúrgicos del Triduo Pascual me siguen pareciendo lo más importante que un creyente medianamente comprometido debe hacer en estas fechas. Pero la posibilidad de viajar a París con la familia, tampoco era una ocasión despreciable.

El viaje fue largo, pero las carreteras de hoy no son las de antaño. Todavía recuerdo la primera vez que hicimos el viaje, con María Luisa y un matrimonio amigo, con su dos caballos y la tienda de campaña para alojarnos en el Bois de Boulogne. Salimos a las nueve y media de la noche de Oteiza y a las diez de la mañana, entre bostezos, paradas y larga duermevela, estábamos a las puertas de Disneyland París.

El parque dio de sí lo que un lugar de estas características apunta: decorados de cartón-piedra, el mundo de Disney, atracciones básicamente para los niños, música, espectacularidad, desfiles, y gente, mucha gente. Tanto como para saturarnos en un día y decidir emplear el día siguiente en una sosegada visita a la ciudad del Sena por nuestra cuenta. Dada la excelente comunicación existente, en poco más de una hora, estábamos el viernes en el Museo d´Orsey. Se nos unieron algunos amigos de Oteiza y juntos visitamos de forma rápida pero jugosa la colección del impresionismo y otras obras maestras de la pintura de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. El museo contaba con una excelente exposición temporal sobre Van Gogh, que nos permitió revivir la antológica que María Luisa y yo visitamos hace unos años en Holanda. Aunque algo caótico, el museo de Orsey me sigue pareciendo un centro excelente y digno de repetir visita. Tras una comida en un banco a orillas de Sena, la tarde la dedicamos a recorrer las Tullerías, el barrio del Louvre y la zona de la Magdalena y la Opera. Un París, el primero, cerrado y magnificente, símbolo de la monarquía absoluta, y el segundo grandilocuente y burgués, ejemplo de la gran ciudad reinventada en el siglo XIX.

El sábado destinamos la mañana a recorrer la ciudad en una visita panorámica que nos llevó de la Concordia, a través de barrios diversos, hasta la Torre Eiffel. Celebramos juntos el cumpleaños de Iñigo, ya 23, en un agradable restaurante de la calle de los dominicos. Y tras la comida, al bateau mouche para recorrer el Sena. Aunque la tarde era desapacible, el viaje no careció de interés, con una vista distinta de la ciudad desde el río. La tarde la dedicamos a recorrer con detenimiento los Campos Elíseos y recordar nuestras anteriores visitas a la ciudad con motivo de los triunfos ciclistas de Perico Delgado y Miguel Induráin.

Ya que la vuelta al hotel, situado a 30 kilómetros de París, no facilitaba las cosas, y no pude asistir a la Vigilia Pascual como ha sido mi costumbre desde hace muchos años, no quise desaprovechar la ocasión que se presentó a la mañana siguiente. Dado que estábamos en el Sacré-Coeur y anunciaban la misa solemne a las 11 de la mañana, allí nos quedamos María Luisa, Iñigo y yo, sentados en una basílica repleta, rodeados de gente de todas las razas. Nunca había sido más real el signo de la universalidad que la Iglesia representa y Jesús vino a salvar. La liturgia fue solemne y bien preparada. Las comunidad de monjas carmelitas que se encarga del santuario repartió unos dípticos con los cantos, las lecturas en varios idiomas e información complementaria. El coro estaba compuesto por las propias monjas y asistieron a la misa un grupo de catecúmenos que habían sido bautizados en la Vigilia Pascual. Una celebración sosegada, que agradecí especialmente. He aquí un ejemplo distinto al nuestro que no es despreciable. Una radical separación entre Iglesia-Estado que no impide unas celebraciones solemnes y bien articuladas, en las que los fieles participan activamente.

La visita a Notre Dame fue algo más concurrida. Algunos de los asistentes al viaje me pidieron unas explicaciones en la catedral que realicé con gusto. Espero que les ayudara a comprender mejor lo que la catedral de París supone en la evolución del gótico y algunas de las principales características del estilo. Tras la comida en un agradable bistrot del barrio latino, recorrimos, primero la Cité para visitar la Sainte Chapelle y posteriormente el Panteón, la Sorbona y sus alrededores. Las dos primeras son extraordinarias, pero la capilla de San Luis me sigue pareciendo un obra suprema en arquitectura y vidrieras. Lástima que el sol no quisiera acompañarnos para haber contemplado en todo su esplendor el resplandor del mejor gótico. La compra de un modesto grabado, nuestro pequeño recuerdo del viaje, fue el final de un día intenso. Aunque todavía quedaba una coda en el propio hotel. Dado que el restaurante chino en el que pensábamos cenar estaba cerrado, organicé lo mejor que supe y pude un rápida petición de pizzas y otros elementos a un local de comida rápida próximo y todos pudimos, mal que bien, irnos a la cama con el estómago a cubierto.

El viaje de vuelta fue diurno. Con salida a las ocho y media de la mañana, y tras diversas paradas en el entorno de Tours, Burdeos y la frontera, llegamos a Oteiza a las 10, hora prevista. El balance resulta claramente positivo: buena compañía, agradable ambiente, y magnífico destino. Una vez más, viajar siempre resulta una buena opción. Y volver a casa, una agradable obligación que aceptamos con gusto.

 

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