Pasión y Resurrección en el Museo de Navarra

capitel de la pasiónCapitel de la Pasión. Claustro de la catedral románica de Pamplona. Museo de Navarra

Los nacidos en la primera mitad del siglo XX, recordamos con cierta añoranza, por habérselo oído tantas veces a nuestras madres y abuelas, aquel estribillo tan popular: “Tres días hay en el año, que relumbran más que el sol, Jueves Santo, Corpus Cristi, y el día de la Ascensión”. En la secularizada Navarra de hoy día, ninguno de los tres es festivo. Y, en cuanto a la fiesta religiosa, Ascensión y Corpus Cristi han sido trasladados al domingo siguiente, y sólo Jueves Santo se mantiene incólume, como primer día del Triduo Sacro, que nos llevará, tras la Pasíon y Muerte del Señor, a la noche gloriosa de la Vigilia Pascual y la Resurrección.

Hoy es Jueves Santo. Tras él llegarán unos días, que muchas familias no saben exactamente cómo llenar. Visitas al pueblo, oficios litúrgicos, procesiones, largos paseos, excursiones por Navarra o alrededores, suelen ser algunas de las actividades más comunes. Con el ánimo de ayudarles en su elección, les propongo una más, que no les defraudará: una visita al Museo de Navarra, para aprovechar la austera pero acertada programación que la institución ha preparado para esta Semana Santa.

El Museo posee un corto pero selecto número de piezas referidas a la Pasión y Resurrección del Señor, dos de los temas más abundantes en la iconografía artística cristiana. De entre todas ellas, hay dos especialmente relevantes, que trascienden el panorama regional para pasar a ser piezas de referencia nacional e internacional: los capiteles del claustro y el mural del refectorio de la catedral de Pamplona.

Con gran acierto, el Museo de Navarra ha declarado a los capiteles de la Pasión y Resurrección como las piezas de la Semana Santa. Conviene acercarse sin prisas a la hermosa sala que los alberga, sin duda una de las más sobresalientes desde el punto de vista artístico, si no la más, repasar las piezas del maestro Esteban, contemplar los capiteles vegetales y geométricos del claustro, y cuando nuestros ojos se hayan acostumbrado a la estética románica, degustar pausadamente los capiteles historiados en los que se narran los principales episodios de la Pasión y Resurrección del Señor. Difícilmente se puede decir más y mejor en tan pequeño e inapropiado espacio. Pero la disposición de las piezas, tan próximas al ojo humano, y la suave iluminación que las envuelve ayudan a subrayar los rasgos más sobresalientes. El panel que ilustra la escena nos resume acertadamente el contenido: “La piedra caliza parece volverse dúctil en las manos del maestro que con gran naturalismo talló en la piedra las escenas descritas en los evangelios. Y sin necesidad de palabras, en las cuatro caras del capitel doble de la Pasión, nos narra los episodios clave como el beso de Judas, el prendimiento, Jesús ante el sanedrín, los dos ladrones, la crucifixión de Jesús junto a María, su madre, y Juan, y el sol y la luna sostenidos por ángeles”. El de la Resurrección, no le va a la zaga. Las escenas representadas son el descendimiento, ayudado por José de Arimatea y Nicodemo, el santo entierro, con unos amplios plegados de exquisita factura que cubren y traslucen a la vez la anatomía de Jesús, en una escena de gran teatralidad en la que el color original todavía resulta visible, la visita al sepulcro con el ángel levantando la tapa vacía, y finalmente la Resurrección, que María comunica a Pedro, representado con una llave. Toda una catequesis, todo un mundo de exquisitos detalles llenos de simbolismo, que resumen la esencia del estilo románico en uno de sus momentos más excelsos.

No le va a la zaga la segunda obra maestra que les propongo: el mural del refectorio de la catedral de Pamplona, obra bien conocida y estudiada, promovida por Juan Périz de Estella, canónigo arcediano de San Pedro de Usún y ejecutada por Juan Oliver el año 1335. De nuevo se suceden los episodios más representativos, Cristo atado a la columna, el camino del calvario, el santo entierro y la Resurrección, presididos por la escena central de la Crucifixión. Uno no sabe qué admirar más: si el equilibrio compensado del color, la suave gradación de luces y sombras, el ritmo acompasado de la composición, el idealismo elegante del conjunto, o la exquisitez de sus detalles, como esa madre dolorosa, cuya cabeza ladeada expresa el más inenarrable sufrimiento. Aprovechando su buena ubicación, les aconsejo que lo observen desde abajo y suban después al piso superior para contemplarlo desde la ventana abierta en perspectiva caballera.

La visita al Museo nos depara una última sorpresa: la exposición temporal “Pórtico virtual”, que trata de explicar y resumir las claves de la restauración del Pórtico de la Gloria de la catedral de Santiago de Compostela. También allí nos encontramos en el tímpano con escenas propias de estos días: la imagen de Cristo redentor mostrando las llagas como símbolos del triunfo sobre el dolor y la muerte, y una serie de ángeles portando los instrumentos de la Pasión.

Les reitero la invitación. Está cerca, la entrada es casi gratuita, el horario es amplio y la amabilidad es la norma de la casa. Les gustará.

 

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