Honrar a los vivos

Adolfo SuárezUna imagen vale más que mil palabras

En un sistema democrático conviene diferenciar con claridad entre simpatía e incluso admiración personal y política, e ideología y sentido del voto. Pongamos un ejemplo. Yo, que nunca voté a Suárez, le profesé siempre una cierta simpatía personal por sus indudables méritos y virtudes, simpatía que se acrecentó tras el golpe de estado de Tejero, donde su gallardía personal representó como ninguna el anhelo de un pueblo digno y libre. Por contra, he votado a personas con las que he coincidido políticamente, sin que su vida y su obra fueran necesariamente cercanos a a mis parámetros vitales. Cosas de nuestro sistema electoral, donde las listas cerradas obligan a una elección no selectiva.

Hemos asistido estos últimos días a las honras fúnebres y al luto nacional por la muerte de Adolfo Suárez. Ha sido un duelo sentido y generalizado, solo roto por algunas intemperancias como la protagonizada por los grupos nacionalistas en el Parlamento de Navarra, como si los españoles quisiéramos compensar con el afecto final, el desafecto que de forma muy mayoritaria le brindamos en la última etapa de su gobierno y en la aventura a la que se lanzó tras la creación del CDS. No obstante, en ambas manifestaciones, -afecto y desafecto- el pueblo español ha tenido una actitud más templada que sus dirigentes, crueles hasta el extremo en aquella época, y melosos, en algún caso hasta el empalago, en el momento presente. Pero una vez más ha quedado demostrado que sabemos enterrar dignamente a nuestros muertos.

Constatada de forma fehaciente esta cuestión, surge una pregunta complementaria: ¿honramos de la misma manera a los vivos? La respuesta no deja lugar a dudas: evidentemente no. Apliquemos este principio a dos momentos de nuestra historia reciente, referidos a España y a Navarra.

Cuando se echa la vista atrás y se contempla la España que dejó el franquismo, uno no puede menos que experimentar una gozosa sensación de alivio y satisfacción. Alivio, porque pasar de un régimen autoritario a uno democrático, incluidas sus imperfecciones, no es fácil, y nosotros, todos nosotros, hicimos una transición de libro. Satisfacción, porque la España que acaba de entrar en el siglo XXI, se parece muy poco a la que inició la transición en 1975, con la muerte de Franco. Y esto en cualquier ámbito que se considere: económico, social, cultural, educativo o religioso. También en esto se equivoca el refrán cuando señala que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y esta tarea, obra de todos, la lideraron una generación de españoles de todo signo y color político, que todavía viven en buena parte, y que se merecen el recuerdo y la gratitud de todo el país. En estos tiempos en que la clase política está tan denostada, es preciso recordar y reconocer el coraje, los principios morales, los ideales y el afán de servicio que caracterizó a una generación de españoles que, con radicales discrepancias de origen, supieron ceder, negociar y convenir en beneficio de todos. Y los de ahora, ¿por qué no?, preguntará más de un lector. En una solo frase, creo que falta grandeza de miras y sentido de Estado.

Si de España pasamos a Navarra, la situación no difiere sustancialmente. Poco tiene que ver la Comunidad en vías de desarrollo de los setenta, con la Navarra de principios del siglo XXI, ubicada, también con el esfuerzo de todos, en el pelotón de cabeza de las regiones de la Unión Europea. En todo caso, la transición en Navarra presentaba una dificultad adicional, ya que a la tradicional dicotomía izquierda/derecha se unía en nuestro caso la dialéctica nacionalista, con el macabro añadido de ETA actuando de forma implacable en nuestro territorio. Y sin embargo, la transición fue posible. Y lo fue por dos razones. La primera, porque el imperativo legal previsto en el Amejoramiento en favor del partido más votado en caso de ausencia de mayoría, hizo de la necesidad virtud. Y la segunda, porque los líderes políticos de esta etapa, sin duda una de las más brillantes de nuestra historia, aún con borrones de todos conocidos, interpretaron correctamente los anhelos de la mayoría, y sometieron sus legítimas aspiraciones políticas de partido a la consecución de objetivos al servicio de la Comunidad en su conjunto. También a ellos, algunos fallecidos, otros injustamente tratados, y los más felizmente jubilados, les debemos reconocer los valores cívicos que hicieron posible aunar fueros y modernidad, y concretarlos en una Comunidad propia y diferenciada, con altas cotas de autogobierno.

¿Y por qué ahora no es posible esto? Esta es la gran pregunta, cuya respuesta está en manos de los partidos que conforman el arco parlamentario. Las culpas están repartidas, y no a partes iguales precisamente. Harían bien los partidos en tomarse la pregunta muy en serio, no vaya a ser que la sociedad navarra, en recíproca actitud, dedica tomárselos a ellos como una broma pesada.

Diario de Navarra, ¾/2014

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