Cultura, entre la decepción y la esperanza

Murchante

Si preguntáramos a los ciudadanos cuál es la situación de Navarra, sin mayor especificación, estoy seguro que una buena parte se inclinaría por calificarla de mala. Este es el difuso estado de opinión que se ha instalado en la colectividad, fruto del delicado momento político, económico y social en que vivimos. La situación polìtica sigue cada día más enrarecida, sin que se atisbe solución alguna en el horizonte; el número de parados continúa por encima de los cincuenta mil, acostumbrados como estábamos a convivir con el pleno empleo; los jóvenes mejor preparados siguen saliendo al extranjero porque no encuentran empleos adecuados a su preparación; y el clima social es pesimista, dado que la crisis parece que ha llegado para quedarse.

Pero no conviene regodearse en lo negativo. Pese a las dificultades, el Estado de Bienestar sigue siendo una realidad entre nosotros. Y la educación, la sanidad y las políticas sociales continúan en parámetros que resisten bien cualquier comparación de Pirineos hacia abajo, aunque no brillan como lo hicieron antaño.

También la cultura fue un sector que nos dio grandes satisfacciones. La programación cultural de Baluarte y Gayarre, la red de casas de cultura diseminadas por el territorio, la otrora bien abastecida red de bibliotecas, son algunos de los programas estrella de la programación de Navarra. Pero esa sensación de satisfacción y cierto engolamiento que normalmente acompaña a las manifestaciones de las autoridades forales del ramo, caen como un castillo de naipes cuando nuestra programación se somete al dictamen de criterios externos y se hace en el contexto de la realidad española en su conjunto.

Eso es lo que ha sucedido, una vez más, con el barómetro del Observatorio de la Cultura, una encuesta semestral entre especialistas de las distintas artes sobre la calidad y la innovación en la programación cultural de las Comunidades y las ciudades. La novena consulta del Observatorio, respondida por 120 miembros del panel, se conoció la semana pasada y resulta descorazonadora. Respecto a la calidad de su programación cultural, Navarra se sitúa en la decimotercera posición, empatada con Canarias, La Rioja, Castilla La Mancha y las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. Sí, han leido bien, en el pelotón de cola, un poquito peor que el Osasuna en la liga. Hace justo un año, en la séptima consulta, Navarra se situaba en la novena posición, empatada con Aragón. En estos doce meses nuestra Comunidad ha sido adelantada por Murcia, Cantabria, Aragón y Extremadura. Si de la calidad pasamos a la innovación, hemos descendido dos puestos en un año, siendo superados por Extremadura y Aragón. Tampoco Pamplona sale bien parada del trance. No consigue entrar entre las 20 ciudades con más calidad de programación cultural, y ocupa el puesto vigésimo en innovación, empatada con León y Palma de Mallorca.

Cariacontecidos por el resultado, nos preguntamos: ¿Y todo esto por qué? La respuesta no es difícil de explicar y obedece a tres razones: unos presupuestos cada año más raquíticos, una ausencia de planificación, que impide saber a dónde vamos, y una falta de implicación de los responsables forales y municipales, que han dejado de considerar prioritario el sector cultural. Tres ejemplos serán suficientes para corroborar lo dicho: la cantidad consignada en los presupuestos de Navarra para Cultura en 2014 es, aproximadamente, el 0,73% del presupuesto de Navarra, la misma que en 1983. ¡Hace exactamente 31 años! El Plan Estratégico de Cultura de Navarra duerme el sueño de los justos, escondido en un cajón, y el de Pamplona, el equipo municipal decidió no culminarlo, tras haber gastado varios cientos de miles de euros en el empeño. Finalmente, uno de los programas más coherentes y exitosos del departamento, el INAAC, acaba de recibir inexplicablemente, su sentencia de muerte.

¿Cabe esperanza ante semejante panorama? Sí, y no deberíamos tirar la toalla, por duro que resulte. Este martes, los grupos políticos presentes en el Parlamento comenzaron a debatir el proyecto de Ley Foral de Mecenazgo Cultural. El texto del gobierno es un válido punto de partida. Pero algunas de las enmiendas presentadas permiten mejorarlo sustancialmente y abrir una puerta a la esperanza. Si la ley consigue materializar un compromiso inequívoco de los poderes público con la cultura, y propiciar una práctica cada vez más generalizada del micromecenazgo cultural, la ley puede constituir un antes y un después en el sombrío panorama de la cultura navarra y un hito a nivel nacional. El próximo Barómetro debería recoger la aparición de la norma de Navarra, pionera a nivel estatal. ¿No vamos a ser capaces de ponernos de acuerdo ni siquiera en esto?

 

 

 

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