Fernando Sebastián, cardenal

sebastiánFernando Sebastián en la ceremonia de imposición del capelo cardenalicio

Sigo de cerca las noticias de la Iglesia como institución. Y esto, por una razón doble: me interesan como creyente y como ciudadano comprometido que, al margen de la estricta separación Iglesia-Estado,  cree que la dimensión religiosa del hombre ayuda en la tarea de edificar un mundo más justo y más humano.

En el caso de la Iglesia navarra, por mi trayectoria profesional y política, he tenido la oportunidad de tratar  a lo largo de los años con una parte significativa de sus  miembros: sacerdotes en demanda de arreglo de las parroquias que tenían encomendadas, comunidades religiosas, monasterios masculinos y femeninos –estos últimos especialmente indefensos-, y miembros de la curia. He tratado también con los tres últimos arzobispos, muy distintos entre sí. Con don José María Cirarda me unía una afectuosa relación, dado que coincidí con él durante mis años de consejero de Educación y Cultura. Firmamos acuerdos, inauguramos albergues de peregrinos y trabajamos juntos, con lealtad e independencia, en años caracterizados por el cuidado del patrimonio. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que al que verdaderamente le hubiera hecho ilusión que le hicieran príncipe de la Iglesia es, precisamente, a Cirarda. Tras una misa en Javier, un 3 de diciembre, bromeé con él y le dije que a él no le hubiera importado nada ser presidente del Gobierno de Navarra. “No le diré a usted que no”, me contestó, en aquel lenguaje rico y algo ampuloso, que tan bien dominaba.

Don Fernando es de otra pasta. Aparentemente más seco y menos jovial, durante años tuve la sensación de saludarlo por primera vez cada vez que teníamos la ocasión de departir educadamente. Participé con él en tertulias en Popular Televisión sobre temas nada fáciles, e incluso me tomé la libertad de discrepar en público a propósito de las siempre difíciles relaciones socialismo-cristianismo. También lo hago ahora ante su afirmación reciente de que la homosexualidad es una deficiencia. Pero esta y otras afirmaciones discutibles no invalidan su trayectoria humana y religiosa. Dice nuestro refranero que  hasta el mejor escribiente echa un borrón.

Sebastián es un hombre que no rehúye el diálogo, por difícil que sea. Él participó, junto a los obispos de Ciudad Rodrigo, Logroño-Calahorra-La Calzada y la Seo de Urgell, y una nutrida representación de dirigentes adscritos al grupo de cristianos socialistas, ocupados en tender puentes entre las dos instituciones, en una jornada de encuentro que tuvimos en la sierra de Madrid para analizar las relaciones Iglesia-PSOE y las respectivas posiciones ante la entonces reforma inminente de la ley del aborto. Los planteamientos distintos no impidieron un debate franco y abierto en el que don Fernando se empleó a fondo.

Aunque no tiene mucho sentido el nombramiento de nuevos príncipes de la Iglesia, cuando el Papado como monarquía absoluta sui generis tiene los días contados,  no es cuestión menor su nombramiento como cardenal. Es, sin duda, el premio a toda una vida dedicada a servir a la Iglesia en los más variados frentes: teólogo reconocido, rector de la Universidad Pontifica de Salamanca, secretario y vicepresidente de la conferencia episcopal, inspirador de buena parte de los documentos eclesiales

de la transición  que tanto ayudaron al tránsito de la dictadura a la democracia, interlocutor apreciado y valorado con el PSOE en el poder –Alfonso Guerra dixit-, y obispo sucesivamente de León, arzobispo coadjutor de Granada y arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela.

Su estancia en Navarra no fue ni fácil ni inane. Hombre de gran austeridad personal y robustos y progresivamente más conservadores principios en una tierra políticamente plural y fuertemente secularizada, más maestro que pastor, ejerció su ministerio con libertad, valentía y sin rehuir los temas más espinosos. Todavía recuerdo con viveza su rotunda diatriba contra los terroristas y sus cómplices en la homilía del funeral por Tomás Caballero en la catedral de Pamplona.

Mi deseo es que, tal y como exige su cargo,  ayude al papa Francisco en la búsqueda de una Iglesia más evangélica, humilde y cercana. Una Iglesia que, más pronto que tarde, deberá suprimir el cardenalato como señal de renovación y modernidad.

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