Sobran las razones

Viñas en la Sonsierra, hasta el siglo XV territorio navarro

En la sorprendente supervivencia pluricentenaria del reino de Navarra, hay algunos hitos especialmente relevantes que ayudan a explicar esta difícil continuidad histórica. Uno de ellos se produjo en 1162, cuando Sancho el Sabio sintió la necesidad de dar una nueva formulación a la monarquía. En octubre de dicho año abandonó el título de “rey de los Pamploneses”, que hacía hincapié en una proyección personal de la monarquía en la que el rey era sobre todo caudillo de un reducido círculo de barones, y lo sustituyó por el título de “rey de Navarra”, que ponía el acento en la proyección territorial de la soberanía: el rey dominaba sobre un territorio y era el factor de integración de los diversos grupos sociales que lo habitaban. Se forjó así un poder plenamente soberano sin vínculos de dependencia exteriores ni fisuras o debilidades internas, capaz de resistir  todos los embates que sufrió el reino hasta 1234 y de impulsar su cohesión interna.

La difícil y desigual relación con Castilla y Aragón acabaron por delimitar las fronteras actuales del reino hacia el año 1200. En esa fecha, Guipúzcoa, el Duranguesado y buena parte de Álava pasaron definitivamente a formar parte del reino de Castilla. La comarca de la Sonsierra, con Laguardia como población más importante, permaneció como feudo navarro todavía dos siglos y medio más, hasta que en 1461, en el contexto de la guerra con Castilla, se perdió definitivamente. Unos años antes, en 1423, Carlos III instituyó para su nieto el infante Carlos, hijo de Blanca y Juan de Aragón, el principado de Viana. Su dotación fundacional comprendía las villas y castillos de Viana,

Laguardia, San Vicente, Aguilar, Genevilla, Lapoblación, San Pedro y Cabredo, las villas y lugares de Val de Campezo, los castillos de Marañón, Toro, Ferrera y Buradón, más las villas de Peralta, Cadreita, Corella y Cintruénigo, ya concedidas antes al citado infante. En definitiva, al margen de las fronteras administrativas y políticas actuales, Viana fue la cabeza natural de una comarca singular en la que la vid adquirió un papel preponderante en el paisaje y en la propia configuración urbana, con una red de bodegas en el subsuelo urbano que suman miles de metros cuadrados.

Pasados los siglos, en 1926 se crea el Consejo Regulador de la Denominación Rioja, que a día de hoy engloba a 144 términos municipales, 118 en La Rioja, 18 en Álava y 8 en Navarra: los municipios de Andosilla, Aras, Azagra, Bargota, Mendavia, San Adrián, Sartaguda y Viana.

La singularidad de este paisaje, que en su zona núcleo prácticamente se ha convertido en un monocultivo, ha movido a los gobiernos de La Rioja y del País Vasco a promover su candidatura a Paisaje Patrimonio de la Humanidad. Prueba de la importancia del evento es que solo seis comarcas en el mundo ostentan este título que, además de obligaciones, genera prestigio, riqueza y nombradía universal. Pero para sorpresa de muchos, en la iniciativa no está presente el Gobierno de Navarra, que sigue sin dar razones convincentes de su ausencia. ¿Desidia?, ¿falta de interés?, ¿ausencia de iniciativa?, ¿visión alicorta? Probablemente, de todo un poco. Pero más importante que señalar culpables, es tratar de incluirnos en la iniciativa, ya que todavía estamos a tiempo. Viana debe formar parte de la zona núcleo y los otros siete municipios, como los riojanos recientemente incorporados, de la zona de contacto. Lo demandan los municipios navarros afectados, y no se oponen los gobiernos riojano y vasco. A la presidenta del Gobierno de Navarra, Yolanda Barcina, le corresponde tomar la iniciativa. Con el apoyo de los grupos políticos del Parlamento, que lo dieron por unanimidad, y la ayuda del PP de Navarra, su leal colaborador, debe dirigirse al Gobierno de España y exigir lo que por razones históricas, culturales y económicas nos corresponde. Es el ministerio de Cultura quien debe presentar a finales de enero en París la candidatura definitiva  ante la UNESCO. Un vistazo a la historia contada más arriba nos recuerda que no siempre la opinión de los grandes se impone a la férrea voluntad de los pequeños. Sobran razones para intentarlo.

Diario de Navarra, 10/1/2014

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