Una vecindad complicada

Dos reinos radicalmente desiguales

Estos días se vienen celebrando en Pamplona diversos actos, académicos unos y populares otros, para conmemorar el bicentenario del sitio y capitulación de Pamplona durante la Guerra de la Independencia. El evento ha gozado del favor popular y la ciudadela y las murallas han ocupado el lugar central que tuvieron en muchos momentos de nuestra historia. Al hilo de este acontecimiento, más de uno se habrá preguntado: ¿Cómo han sido las relaciones históricas entre Navarra y Francia a lo largo de la historia? Aún a fuerza de ser osado, estas apretadas líneas pretenden ser una respuesta de urgencia a tal pregunta.

Comencemos por una doble precisión,  geográfica e histórica. Navarra, por su ubicación entre un extremo del Pirineo y el Ebro, ha sido históricamente tierra de paso y espacio de frontera. Y eso ha marcado, para bien y para mal, buena parte de su historia. Durante toda la Edad Media, Francia y Navarra fueron  dos territorios radicalmente desiguales en  importancia política, económica, demográfica y cultural. Sin embargo, ambos tenían en común su condición de reino, una cuestión nada menor.

Desde la caída del imperio romano  hasta el siglo XIII, las tierras del Pirineo occidental viven un lento y complicado proceso que culminará en la creación del reino de Pamplona primero, y Navarra después. El episodio de Roncesvalles (778), en el que la retaguardia del emperador  Carlomagno fue atacada por los vascones a su regreso de la expedición de Zaragoza y tras destruir los muros de Pamplona, podría ser considerado el primer envite de la amenaza franca, que decayó en los siglos siguientes. Pasados cuatro siglos, para compensar la pérdida de las tierras guipuzcoanas y buena parte de las alavesas, en torno a 1200, los monarcas navarros impulsaron una política de control de las tierras de Ultrapuertos (la Baja Navarra), que hasta entonces habían dependido del duque de Aquitania. Dicho control perdurará hasta 1530.

Durante los siglos XIII, XIV y XV, tres dinastías francesas se suceden en el trono de Navarra: Champaña, Capeta y Évreux. Y esta vinculación se extendió más allá de lo político, abarcando también a espacios económicos, sociales  y culturales.

La separación se acentuó a partir de la conquista de Navarra y su progresiva inserción en la monarquía española. Durante los  siglos XVI y XVII, España disputó su posición de primera potencia europea a Francia, y en estas circunstancias Navarra se hallaba en la vanguardia frente al enemigo. Esta defensa de la frontera, donde las alarmas que anunciaban invasiones, ataques y movimientos de tropas fueron frecuentes, justificó la obra de la ciudadela de Pamplona y el gran recinto amurallado de la ciudad. Un recinto que, pese a todo, apenas tuvo asedio militar alguno.

La Guerra de Sucesión, a comienzos del siglo XVIII, no supuso especial conflicto, dado que Navarra, al igual que Castilla, tomó partido por Felipe V. Más incidencia directa tuvo la Guerra de la Convención, tras la Revolución Francesa. Toda la zona norte de Navarra, hasta las cercanías de Pamplona, sufrió los asaltos de los ejércitos franceses, con el consiguiente desastre económico para estas comarcas.

Pocos años después, tuvo lugar la Guerra de la Independencia, el último gran conflicto militar entre Francia y España, con especial afección a Navarra.  Las tropas francesas, teóricas aliadas de los Borbones españoles, entraron en Pamplona en febrero de 1808 y no tuvieron problemas para instalarse. La ocupación sorpresiva de la ciudadela no generó una reacción inmediata. Pero la progresiva ocupación del territorio motivó  la aparición de las guerrillas con Javier Mina y su Corso Terrestre, y Francisco Espoz y Mina y su División de Navarra. Finalmente, tras la batalla de Sorauren, en 1813, la guarnición francesa de Pamplona capituló el 31 de octubre del mismo año.

Esta es la historia oficial. Pero por debajo de ella, las relaciones entre habitantes de uno y otro lado del Pirineo fueron constantes y fluidas. Unas relaciones que hoy, miembros ambos de la Unión Europea, haríamos bien en incrementar en beneficio de todos.

Diario de Navarra, 31/10/2013

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