Otra oportunidad perdida

Si tuviera que seleccionar una sola palabra que definiera el rasgo más característico del periodo histórico que va de 1975 a 2013 en España, yo me inclinaría por la palabra “cambio”. Y esto, en todos los órdenes de la vida: económico, político, social, cultural y religioso. Y, por supuesto, también educativo.

No son pocos los añorantes del sistema educativo anterior a la ley Villar Palasí y  el selecto bachillerato que le seguía. Pero estas personas olvidan en qué principios estaba asentado aquel sistema: fortísimo abandono escolar, elitismo y desigualdad, solo parcialmente compensado con una política de becas que nos permitió a muchos acceder a los estudios universitarios. No todo lo que vino después fue bueno, pero tampoco un desastre continuado como preconizan algunos. Revisemos brevemente esta trayectoria.

Si comenzamos por lo positivo, España ha ido alcanzando en estos años metas que nos sitúan entre los países más avanzados del mundo: universalidad y gratuidad básica de la educación hasta los 16 años, equidad de un sistema que garantiza igualdad de oportunidades, consolidación de una red de centros públicos y concertados, relación de alumnos por aula que mejora la media europea, acceso generalizado al bachillerato y la formación profesional, y porcentajes de estudiantes universitarios también superiores a la media de los países de la OCDE.

Pero no todo han sido luces, porque las sombras son evidentes: tasas poco comprensibles por elevadas de abandono escolar; resultados mediocres, cuando no malos, en las evaluaciones externas del programa PISA;  inadecuación  de bachillerato y formación profesional a los objetivos perseguidos; y un sistema universitario que parece vivir ajeno a las demandas y necesidades del mercado de trabajo.

Y todo ello ha tenido como sustrato de fondo un permanente debate ideológico, en el que los criterios de equidad y calidad han querido ser contrapuestos. El resultado de esta dura pugna han sido siete leyes sucesivas de educación, que no han traído la paz al sistema, sino que lo han tenido en vilo permanente, con el consiguiente mareo a docentes, familias y administración. Para complicar la situación no debemos olvidar que la educación es materia transferida a las comunidades autónomas, y son éstas quienes deben materializar lo aprobado por las Cortes Generales.

¿Y en Navarra qué? Pues le es aplicable la valoración anterior con algunos importantes matices. El nivel es, sin duda, superior a la media nacional por las siguientes razones: mejor ratio de alumnos por aula, más y mejores infraestructuras y medios materiales, mejor atención a la diversidad, mayor equilibrio entre bachillerato y formación profesional, gratuidad real de la enseñanza en la etapa posobligatoria, y doble red de centros públicos y concertados que permite una real libertad de elección. Todo ello ha sido posible, porque desde los años ochenta ha funcionado un pacto entre las fuerzas mayoritarias, no escrito explícitamente, que ha dado estabilidad al sistema y una financiación suficiente para mantenerlo en parámetros similares a la media europea. Parámetros que en estos momentos se están perdiendo con el riesgo que esto tiene para el futuro de la Comunidad.

En este contexto, la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE) preconizada por el PP, supone un nuevo intento, marcadamente ideológico, de dar una vuelta de tuerca al debate calidad/equidad al que nos hemos referido más arriba. Lamentablemente, está condenada al fracaso, porque ha sido aprobada con los únicos  votos del PP, aunque tenga mayoría absoluta,  sin el apoyo siquiera de  sus tradicionales socios UPN y Foro Asturias, y no ha sido fruto del consenso. El sistema educativo español necesita menos leyes, más acuerdo, más medios y más compromiso por parte de todos. Y no olvidar que la educación es la mejor política social y económica.

Otra oportunidad perdida ¡Y van siete!

Diario de Navarra, 17/10/2013

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