Reparación en Miranda de Arga

El pasado sábado asistí al acto celebrado en Miranda de Arga en honor de los asesinados y represaliados en la Guerra Civil. 28 vecinos, pertenecientes a las capas más humildes de la población, que perdieron su vida por proclamar sus deseos de justicia y militar en partidos y sindicatos republicanos o de izquierdas.

El acto, al que se sumaron buena parte de los familiares de los asesinados y represaliados, comenzó con la acogida a todos los presentes por parte de la alcaldesa de Miranda de Arga, Tere Iradiel. Una mujer, nieta de asesinado, como ella misma proclamó, que representó con dignidad y entereza la labor de tantos alcaldes y concejales, en esta y en otras legislaturas, para honrar la memoria de los que fueron asesinados, represaliados y deshonrados.

Tras el acto en el ayuntamiento, ¡qué hermosa paradoja que el palacio que nos acogió, símbolo de la clasista sociedad de otros tiempos, sea hoy el ayuntamiento, la casa de todos!, tuvo lugar la inauguración del monolito en una recoleta plaza de la zona alta del pueblo. El descubrimiento de la placa por los hijos y nietos de los fusilados y represaliados tuvo sencillez, hondura y estuvo lleno de simbolismo. He de destacar el testimonio de familiares, unos salidos de la cabeza, y otros expresados con el corazón y aún con las tripas. Produce tanta indignación como ternura escuchar los testimonios de los hoy ancianos y entonces niños, recordando cómo se llevaron a su padre o hicieron todo tipo de injurias a su madre. Sentimientos al que se añade la rabia cuando uno escucha los mismos apellidos, como el caso de los tres Ibáñez Sesma, entre los homenajeados. Y en casi todos, con una constante: ¡Que no se repita! ¡Nunca más aquello para nadie!

Pero un acto de estas características, siempre tiene algunas excrecencias que resulta precisar señalar. ¿Qué pintaba en el acto la ikurriña unida a la bandera republicana, que portaron durante todo el acto en el ayuntamiento y en la plaza destacados militantes de la izquierda abertzale? Con profundo respeto para la enseña, los republicanos de Miranda en tiempo de la II República no la hubieran reconocido como suya. Y resulta preciso subrayar que la memoria histórica debe estar cimentada en la verdad histórica, y si esto suena demasiado fuerte, al menos en una visión no manipulada de la historia.

Los vecinos asesinados y represaliados de Miranda, cantó una de las jotas, caminaron buscando justicia. Una justicia que, en forma de reparación, han encontrado muchos años después con el monolito levantado en su honor.

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