Adiós a Adita Bretón

Vista parcial de Marañón, con el río, el caserío  y la iglesia en lo alto

El pasado jueves, de forma abrupta y relativamente inesperada, a la edad de 55 años, falleció en Vitoria, donde residía con su esposo e hijo, Adita Bretón, alcaldesa de Marañón por el PSN-PSOE.

Llegamos María Luisa y yo a este hermoso rincón de la merindad de Estella, muga con Alava, en una hermosa y soleada tarde. El paisaje de aproximación era espléndido: Montejurra, Valdega, las tierras de la Berrueza, Arquijas y Zúñiga, hasta llegar a Santa Cruz de Campezo. Y de allí, retomando de nuevo carretera foral, internándonos en ese valle apacible y feraz donde se recuestan Genevilla, Cabredo y Marañón.

Adita, aunque vivía en Vitoria, era alcaldesa de Marañón. Una alcaldesa querida y admirada, como tuve ocasión de comprobar a lo largo de la tarde. Le acompañamos en su funeral su familia y amigos, sus vecinos, buena parte de los habitantes de la comarca, ya que era también la presidenta de la Mancomunidad de Codés, y algunos compañeros de partido en representación del PSN-PSOE.

Marañón es un pueblo precioso. Las vistas desde la carretera, con la iglesia en lo alto, la sierra pespunteada de molinos, el río canalizado en medio y las casas repletas de flores es una estampa casi de postal. La parroquia es un edificio románico tardío en su origen, del que todavía son visibles espacios situados a los pies, al que se añadió en los siglos XVI  y XVII la cabecera y dos capillas. El retablo, tal vez del círculo de Pedro Díaz de Oviedo, es uno de los pocos ejemplares de pintura sobre tabla, que conservamos en la merindad. Del conjunto escultórico destaca la imagen de la virgen con el niño, que preside el conjunto.

El joven sacerdote sudamericano que presidió la celebración, con el acertado pasaje de las bienaventuranzas como evangelio del día, glosó la figura de Adita, habló de su disponibilidad para con todos, glosó su vocación de servicio y animó a participar en la vida comunitaria.

Esa es hoy mi intención: recordar en estos momentos de desapego de la política, la labor desinteresada de quienes, especialmente en nuestros pueblos, representan a sus vecinos, dan su tiempo y sus energías para mejorar la calidad de vida, y todo ello sin remuneración alguna, por el simple ejercicio del deber.

En un ambiente mezcla a la vez de tristeza y alegría, nos reunimos amigos y conocidos a la vieja usanza, en una bajera del pueblo para departir, comentar y saludarnos unos y otros. Todos coincidían en que era el mejor homenaje a Adita, una mujer que concitaba unión y cariño, y creaba grupo.

Una pregunta final me martilleó mientras volvía. Marañón apenas llega ahora a los 50 habitantes. ¿Vamos a dejar morir nuestros pueblos? No sé si será posible, pero si desaparecen, Navarra ya no será la misma.

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