Profesores que se nos van

Una celebración con los enfermos de la residencia. Los padres Sanjuán y Casanova son los situados en la segunda fila

Cuando uno ha cruzado el cabo de los sesenta, una de las actividades cotidianas que realiza es mirar las esquelas. Y no son pocas las veces que se topa con personas conocidas por muy diversos conceptos. Esta semana me encontré con una que recordaba la muerte de Pedro Fernández Casanova, misionero paúl y antiguo profesor mío de historia en Pamplona.

Como buena parte de los navarros de mi generación, sobre todo los pertenecientes a familias pobres del medio rural, yo me eduqué en un seminario religioso. La presencia de las Hijas de la Caridad en los primeros años de primaria en Los Arcos coadyuvó a que eligiera el colegio de  La Milagrosa de Pamplona, regentado por los padres paúles, ya que ambas congregaciones fueron fundadas por San Vicente de Paúl, el gran santo francés del siglo XVII. Recibí la educación propia de aquel tiempo, rígida, moralista, autoritaria y memorística. Una educación que tenía también cosas buenas, muy buenas; el amor al estudio y al trabajo, la disciplina, la honestidad, el compañerismo, la preocupación por los más pobres. Todo ello vivido en un ambiente de austeridad radical y ausencia de cualquier lujo. Cada invierno recuerdo los sabañones que me salían en las orejas, fruto del intenso frío que no remediaban los radiadores casi siempre cerrados de las estancias colegiales, y el paquete semanal que me mandaba mi madre para compensar los pobres platos de legumbres y las insípidas sopas que nos cocinaba el hermano Chicano, base de nuestra alimentación ordinaria.

Tuve profesores buenos, regulares y malos, como en todas las etapas de mi aprendizaje. Pero hubo algunos que, además de profesores, fueron educadores en el pleno sentido de la palabra. A dos de ellos he despedido en los dos últimos años y he visitado, menos de lo que debiera, en la residencia para enfermos y mayores que los paúles tienen en Pamplona. Acompañarles en su último viaje, a éstos y a otros que sin duda vendrán, en el funeral de  la iglesia de la Milagrosa, que me trae tantos recuerdos, es para mí una agradable obligación y un ejercicio de agradecimiento que cumpliré mientras pueda.

El año pasado despedí a un hombre al que debo mucho: Javier Martínez Sanjuán, que me guió en una etapa nada fácil de mi adolescencia en Cuenca. Y esta semana he despedido a Pedro Fernández Casanova, uno de los profesores que me inculcó el gusto por la historia en Pamplona. Ambos han pasado los últimos años de su vida, doloridos y curtidos por la fe y la enfermedad,  en la residencia de Pamplona.

Vaya para ellos, como para otros a los que tuve en el recuerdo, como el padre Sagredo, mi recordado profesor de música, el padre Zazpe, que me introdujo en el latín y el griego, y el padre Suescun, profesor de psicología y director en Zaragoza, mi agradecimiento y mi oración.

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