El club de lectura del final de tu vida

Acabo de terminar la lectura del libro. MI impresión primera es de honda satisfacción. He asistido, casi en primera fila, al igual que miles de lectores en cualquier lugar del mundo, a una historia profundamente humana, la del amor entrañable entre una madre y un hijo, subrayado por dos elementos singulares: el final de una vida que se apaga y la mutua pasión por los libros.

Todos tendemos a pensar que nuestras madres son mujeres excepcionales, y en muchos casos lo son. Han dado su vida por su familia, han cuidado de los suyos, han sido un bálsamo permanente, en muchos casos se han realizado profesionalmente y todo ello sin alardes, con discreción, sin aparentes heroicidades.

A este modelo responde Mary Ann, la madre del autor: madre de familia, profesional inquieta y comprometida con las causas de los más necesitados y lectora impenitente. Una mujer que, con serenidad, valor y coraje, se enfrenta al diagnóstico de su enfermedad, cáncer, y decide seguir viviendo y apurando la vida mientras pueda.

Su hijo, David, es un típico producto de la clase media americana, demócrata  y progresista.  Profesional liberal, culto, sensible, homosexual discreto –solo al final del libro hará explícita esta inclinación- formará con su madre un peculiar club de lectura durante la enfermedad de ésta, que le permitirá ahondar en una relación entrañable.

La contraportada resume muy bien el contenido del libro: “El resultado es una historia profundamente conmovedora sobre la pérdida pero también un homenaje festivo a la vida y a la literatura, una carta de amor, en definitiva: la de Will a su madre y la de ambos a la página impresa.

A modo de pequeñas perlas, recojo algunas de las frases e ideas que me han gustado especialmente del libro:

“Es mucho más fácil dedicarse a perseguir la felicidad cuando se tiene suficiente dinero para pagar el alquiler”.

“La permanencia no es; la impermanencia no es; un yo no es; un no-yo (no es); la limpieza no es; la no limpieza no es; la felicidad no es; el sufrimiento no es”. Setenta estrofas de la vacuidad,  c. 200 d.C.

“Veo libros electrónicos a menudo, pero nunca me persiguen. Me hacen sentir, pero no puedo sentirlos. Son alma sin carne, sin textura ni peso. Se te pueden meter en la cabeza, pero no pueden asestarte un golpe físico”.

“Le conté cómo un día desperté y me di cuenta de que había recorrido medio mundo esperando que la gente fuera a recibirme, en vez de intentar yo salir a su encuentro”.

“Cuando veía a mi madre dar las gracias al personal médico con gesto radiante, caí en la cuenta de una cosa que había intentado inculcarnos desde siempre: el agradecimiento encierra auténtica alegría”.

“Lo que entendí de súbito fue que una nota de agradecimiento no es el precio que se paga por haber recibido un regalo, como creen muchos niños, una especie de tributo mínimo o cuota, sino una oportunidad de agradecer lo que se tiene. Y la gratitud no es lo que se da a cambio de algo, sino lo que se siente al saberse afortunado: afortunado de tener familia y amigos que se preocupan por ti, y que quieren verte feliz. De ahí la alegría de dar las gracias”.

“Todos estamos en deuda con el prójimo por todo lo que acontece en nuestra vida. Pero no se trata de una deuda con una persona en concreto: en realidad estamos en deuda con todos por todo. Nuestra vida entera puede cambiar en un instante, así que cada una de las personas que evitan que eso ocurra, por pequeño que sea el papel que desempeñen, también es responsable de todo ello. Ofreciendo amistad y amor, uno consigue que las personas a su alrededor no se den por vencidas, y cada expresión de amistad o amor puede ser lo que cambie las cosas por completo”. Palabras de Mary Ann.

“Me encantó conocer gente en todos mis viajes. Me encantó oír sus historias, llegar a conocerlos y averiguar qué podía hacer por ellos, si es que podía hacer algo. Enriqueció mi vida más de lo que soy capaz de expresar. Naturalmente, podrías hacer más cosas, siempre se puede hacer más y se debe hacer más, pero aun  así, lo importante es que hagas lo que puedas cuando puedas. Haz lo que esté en tu mano, eso es lo único que puedes hacer. Mucha gente recurre a la excusa de que no cree que pueda hacer gran cosa y acaba por no hacer nada en absoluto. Nunca hay una buena excusa para no hacer nada, aunque solo sea firmar algo, o enviar una pequeña contribución, o invitar a una familia de refugiados recién llegada a comer el día de Acción de Gracias”. Palabras de Mary Ann a Will, su hijo.

“Tienes que decir todos los días a los miembros de tu familia que los quieres. Y asegurarte de que sepan que también estás orgulloso de ellos”. Consejo de Mery Ann a Will.

SCHWALBE, Will, El club de lectura del final de tu vida, RBA, Barcelona, 2013

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