Una página difícil de arrancar

Reconozco que nunca he sido lo que en el partido se considera un guerrista. Tampoco he tenido mayor trato con él, pese a que según Uranga en aquellas y frecuentes notas  que me dedicaba antaño, yo fui el brazo ejecutor de una decisión tomada por él: crear la Universidad Pública de Navarra para hacer frente al Opus. Creo haber departido una vez con él en la Universidad Menéndez y Pelayo de Santander en la que ambos nos encontrábamos, él por cierto del brazo de la que era por entonces su pareja, la joven sevillana de familia aristocrática, madre de su hija Alma.

Sin embargo su personalidad política y humana me ha interesado mucho. Alfonso Guerra es un hombre poliédrico, de compleja personalidad y largo aliento, que queda reflejado, en parte, en el libro de memorias. Un  libro que entre otros perfiles autobiográficos, nos da el siguiente autorretrato del autor, leído el 28 de febrero de 2011, con motivo de la concesión del título de Hijo Predilecto de Andalucía: “Mi vida es un compendio de muchas actitudes, niño estudioso que habría de ayudar empujando carros de batea cargados de chatarra; estudiante en la universidad, el único de mi familia; más educador que profesor después; combatiente contra un régimen oprobioso; librero consejero de libros, por la estúpida ceguera, prohibidos; amante del teatro, de cuanto arte creador pueda descubrir el hombre; político de verdades y de consenso, consciente de que el país que encontré a mi nacimiento era el contramodelo de una civilización, pues una civilización no es más que una sociedad que no necesita de violencia para promover cambios políticos”.

Toda autobiografía es, en buena medida, autojustificativa. La anécdota de la página 141 es buena prueba de ello. Fernández Ordóñez y Guerra intercambiaban opiniones sobre lecturas y libros antes de los consejos de ministros. Semprún se unía al dúo y normalmente ratificaba las opiniones de ambos. Hasta que un día le colocaron ante un libro y un personaje inexistente, que también él ratificó sin pestañear. Lo curioso es la versión que yo, personalmente, le he oído contar a Semprún: la afición de Alfonso Guerra a alardear de lecturas en los consejos de ministros. Creo, decía Semprún, que no leía más que las contraportadas..

Tres rasgos me gustaría destacar de la lectura del libro: el desdén hacia el poder, las lecturas y la fidelidad a las ideas.

El desdén hacia el poder ¿es pose o es verdad? El libro de memorias comienza con una cita de Robertson Davies, al que no conozco, que dice así: “Es una de las crueldades del teatro de la vida: todos pensamos que somos protagonistas, y cuando se hace evidente que somos simples personajes secundarios o figurantes, raramente lo reconocemos”. El libro es un permanente alegato contra el poder y su boato, y a favor del poder como capacidad para transformar la sociedad. No obstante, eso difícilmente se compadece con su imagen de hombre dominador y dominante, acostumbrado a imponer sus tesis. Que se lo pregunten si no a José Bono, que hace un descarnado retrato de Alfonso Guerra en las primeras páginas de su último libro.

Si algo aparentemente obsesiona a Alfonso Guerra es su pasión intelectual. Siempre me ha parecido algo forzada. Pero hay que reconocer que la lista de lecturas, las citas de autores y las conferencias y trabajos realizados nos sitúan ante un político mucho más culto que la media, y con una sensibilidad hacia las bellas artes no demasiado abundante.

Finalmente, la fidelidad a las ideas. Da la sensación que en un mundo tan cambiante, Alfonso Guerra tiene algunas ideas claras, entre otras el valor de lo público, el compromiso con la libertad y la justicia, y el valor de la amistad y la palabra dada.

Un libro, en suma, que tal vez no interese ni a Felipe González ni a Pepe Bono ni a algunos renovadores, pero que sin levantar pasiones, resulta interesante, porque pocos como Guerra representan lo mejor y lo peor de una etapa que cambió España.

GUERRA, Alfonso, Una página difícil de arrancar, Planeta, Barcelona, 2013

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