Respeto institucional

No venían fáciles los sanfermines. La fiesta ha sido a lo largo de la historia espacio propicio para la crítica a la autoridad, sea esta cual fuere, y para la transgresión. Esta crítica, vestida con mil caras, sean carnavales, chirigotas, pancartas o paloteados, está presente en buena parte de las manifestaciones festivas. Y sanfermín no podía ser  una excepción. Las pancartas de las peñas, los cánticos en el coso taurino, los pitos  más o menos atemperados a la autoridad en la vuelta de la corporación al ayuntamiento tras el acompañamiento al cabildo hasta la catedral, forman parte del ritual sanferminero de las últimas décadas. Un ritual que, como la propia fiesta, se renueva con actos que se encumbran -el chupinazo, el apartado, el pobre de mí-, mientras que otros decaen como las dianas o desaparecen, al menos temporalmente, como la marcha a vísperas.

Pero este año, el ambiente proporcionaba nueva munición, susceptible de ser utilizada en sentido sustancialmente festivo o radicalmente reivindicativo. Ya sé que hay quien piensa que ambas cosas no son incompatibles, e incluso algún joven dirigente abertzale la ha elevado a frase categórica tras el incidente de la ikurriña al que luego me referiré: “ni la fiesta debe impedir la reivindicación, ni la reivindicación ahogar la fiesta”. Bonita frase, si fuera verdad, pero los hechos la han desmentido claramente.

La crisis política, económica y social, especialmente virulenta en los últimos doce meses; la imputación judicial de las dos principales autoridades navarras, la presidenta del Gobierno y el alcalde de Pamplona, cuestión trascendente, como se ha visto; y la actitud del mundo nacionalista especialmente crecido, más en expectativas que en realidades, hasta el punto de creer que la calle es suya, eran ingredientes susceptibles de enconar posiciones y abonar actitudes poco propicias a la convivencia.

Y efectivamente aparecieron. Viví con la misma sorpresa e incredulidad de casi todos los presentes, desde el interior de la casa consistorial, el incidente de la ikurriña. No suelo frecuentar este acto multitudinario porque, en contra de lo que mucha gente cree,  los invitados presenciamos el disparo del chupinazo a través de las pantallas de televisión. Pero este año acepté la invitación de mis compañeros de partido, dado que Eduardo Vall era el encargado de iniciar las fiestas. Saludé a representantes de todas las formaciones, desde Bildu al PP, y a todos deseé felices fiestas. Y pude ver la reacción de unos y otros ante un hecho, a mi juicio, intolerable. Impecables Maya y Vall, que supieron estar a la altura que se espera de dos representantes institucionales, por encima de sus diferencias ideológicas. En su sitio, los representantes de Geroa Bai, que reprobaron un acto que no hace ningún favor a su causa. Y fuera de tono,  Bildu y su entorno, que daba la sensación de que se caían de un guindo y aquello no iba con ellos. Por cierto, ¿no es Casa Seminario un local municipal?  ¿Cómo es posible una operación que exige, además de ingenio, preparación y tiempo?

Lo de la calle Curia, tras la vuelta de la procesión, obliga a la reflexión y al debate. No es imprescindible conservarlo a cualquier precio. La condición debe ser la dignidad y el respeto a los que han sido elegidos por los ciudadanos. Dignidad y respeto a los que están también obligados los propios electos, que representan a esta misma ciudadanía. Pasar de las barricadas al debate político e institucional requiere decisión, coraje y tiempo. Requiere también compromiso con las instituciones a las que se pretende representar. Mal está que vociferen e insulten los ciudadanos de a pie. Pero que lo hagan altos representantes institucionales contra sus adversarios políticos los delata doblemente. Como señalaba Iñaki Gabilondo hace escasas fechas al referirse al mundo de Batasuna, es preciso recordarles que no empujen, por favor. Con todos nuestros errores, otros llevamos mucho tiempo aquí comprometidos con la libertad y la democracia. Y ellos, siempre dando lecciones, no acaban de llegar.

La pulsión de cambio en Navarra es evidente. Pero las actitudes mostradas por algunos no ayudan a que este cambio se produzca. Sus empujones  a lo único que ayudan es a retrasar un cambio que ellos dan por hecho y que los demás está por ver si damos por inevitable.

Pero sin ánimo ninguno de equidistancia, la reflexión no quedaría completa sin una última pregunta. En el actual contexto político-social, desde el respeto político y el aprecio personal que me merece Enrique Maya, ¿puede un alcalde imputado presidir las fiestas de San Fermín? En mi opinión haberlo hecho ha sido, cuando menos, una osadía y una grave imprudencia.

Diario de Navarra, 12/7/2013

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