Un Fuero para el siglo XXI

Plaza de los Fueros de Pamplona, una de las últimas aparecidas en el callejero foral

Todo pueblo tiene algunos valores intangibles que, por razones distintas, han llegado a formar parte de su idiosincrasia. También el nuestro los posee. Probablemente el más característico de todos es el fuero. Ahora bien, la realidad que se extiende bajo este enunciado ha sido muy distinta históricamente y ha servido a intereses variopintos. ¿Tiene algo que ver el fuero general arrancado a Teobaldo I, rey de extraño lugar y de extraño lenguaje, en el siglo XIII,  instigado básicamente por la nobleza local, con las demandas de las Cortes del Reino en los siglos siguientes, protagonizadas por los tres estados, pasando por la Gamazada de finales del siglo XIX, en la que por primera vez el pueblo tuvo un evidente protagonismo, hasta llegar a 1978 en el que los ciudadanos españoles, también los navarros, tuvimos la ocasión de ratificar una constitución que ampara y respeta los derechos históricos de la Comunidad Foral? Muy poco, pero en todos los casos emerge un cierto fondo común: la defensa de lo propio frente a ingerencias de fuera y una cierta capacidad de autogobierno.

Si nosotros preguntáramos qué son los fueros a esta ciudadanía que los considera parte de su historia y, en consecuencia, suyos, tras los balbuceos, carraspeos, dudas, frases hechas y lugares comunes, probablemente el mínimo común denominador que muchos acertarían a expresar tendría que ver la defensa de lo propio y el sentido de pertenencia.

La reflexión anterior probablemente es válida para la ciudadanía de una cierta edad, pero no tengo tan claro que sea suficiente para las nuevas generaciones que no han conocido la pobreza o la estrechez económica casi endémica que ha acompañado nuestra trayectoria histórica como pueblo y que consideran el fuero una antigualla que nada les aporta. En consecuencia, resulta imprescindible convencer a estas generaciones de que el fuero no es una reliquia histórica, sino el instrumento que nos ha permitido a la ciudadanía en su conjunto mejorar nuestras condiciones de vida y llegar al siglo XXI a la cabeza de las regiones españolas y ocupar un honroso trigésimo lugar en la lista de las más de doscientas  regiones europeas. Solo así legitimaremos el fuero, convertido ahora en capacidad real de autogobierno colectivo y palanca de mejora económica, social y cultural.

Y la explicación no es difícil. Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo pasado, el fuero apenas impactó positivamente sobre las condiciones de vida de la mayor parte de la población. Pero consolidando los años de desarrollismo, el proceso de democratización de nuestras instituciones forales conoció dos hitos fundamentales: la Constitución de 1978 que, por primera vez en nuestra historia, ampara y respeta los derechos históricos de Navarra, y la LORAFNA que bajo el pomposo y algo arcaico nombre de Ley Orgánica de Reintegración y Amejoramiento del Régimen Foral de Navarra, plasma el fuero en una amplia capacidad de autogobierno. Y los resultados no se hicieron esperar. La Navarra rural, agraria, conservadora y clerical, dio paso progresivamente a una Navarra básicamente urbana, desarrollada, plural y secularizada.

Esa es la veta que hay que explotar. Un fuero que signifique igualdad de derechos para todos, que ayude a disminuir la brecha económica y social, que favorezca el equilibrio territorial, que dé de comer a todos sus hijos, que fomente la actividad económica, que incentive la solidaridad interna con los más necesitados y externa con las regiones menos favorecidas de nuestro país. Un fuero, en definitiva, democrático y democratizado que exija limpieza, honradez, eficacia y transparencia a los que dirigen la vida pública y ofrezca resultados tangibles en la vida diaria de sus ciudadanos. ¿Quién no defenderá de propios y extraños un autogobierno así?

Ese fuero será historia, pero será sobre todo esperanza y futuro. Justo lo que las generaciones más jóvenes necesitan.

Diario de Navarra 27/6/2013

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