El papa Francisco

Jesuita, latinoamericano y pastor, no es poco. Estos son los datos objetivos que hoy tenemos del hasta hace unos días cardenal Bergoglio.

Hace algunas semanas, en esta misma sección, definía la imprevista decisión de Benedicto XVI como “más que una renuncia” y analizaba brevemente el alcance de un gesto insólito y de gran trascendencia en la vida de la Iglesia y de la sociedad. Suele ser habitual en el orden civil, que el acceso al poder de un jefe de Estado o presidente del gobierno venga acompañado de su correspondiente programa, enunciado en su discurso de toma de posesión. Pero la peculiaridad de la elección del papa, hace que tal programa de gobierno no sea tan explícito y nos tengamos que guiar por detalles, gestos y signos que más pronto que tarde, dada su edad, tendrán que materializarse. Si a eso unimos que la pesada carga del papado parece que no era el objetivo del cardenal Bergoglio, aunque hubiera hecho muy felices a otros purpurados, se entiende la primera impresión que su salida produjo en el balcón central de la basílica de San Pedro: una cierta sensación de aturdimiento, -miedo escénico lo ha llamado mi colega, el catedrático de psicología de la UPNA,  Emilio Garrido,- que fue el primer rasgo de humanidad que aprecié. Debo reconocer que me dejó un poco frío su primera aparición y tuve la impresión de escuchar un discurso muy clerical y muy convencional. Pero tras ver de nuevo las imágenes, mi opinión varió sustancialmente, ya que hubo algunos gestos que merecen la pena ser destacados. En primer lugar, su vestimenta. No llevaba la muceta escarlata ribeteada de armiño, sólo la sotana blanca, y la cruz pectoral era manifiestamente modesta. En segundo lugar, sus gestos. Saludó afablemente en un correcto italiano con un “buenas tardes”, pidió orar por Benedicto XVI y por él, y resaltó su condición de obispo de Roma. En tercer lugar, su nombre. Ese Francisco a secas, que inicialmente nos recordaba a los dos Franciscos, de Asís y de Javier. No es mala mezcla, porque la pobreza del uno y la universalidad del otro son dos sólidos pilares en los que asentar una Iglesia renovada.

Los días siguientes también han estado llenos de gestos esperanzadores: una cierta contención frente al boato excesivo, una llaneza expositiva y doctrinal propia del pastor más que del teólogo, y rasgos de humanidad y cercanía que permiten entrever un hombre cálido  y cercano, que no carece de sentido del humor.

Los retos que tiene por delante son de gran envergadura. Unos, de orden temporal: el gobierno de la Iglesia, ¡ay la curia!, el papel del laicado, el diálogo con el mundo moderno. Otros, de orden espiritual, sin duda los más importantes: recuperar la Buena Noticia de Jesús para los hombres y mujeres de nuestro tiempo; liberar y no condenar, en línea con el lema de su pontificado “lo miró con misericordia y lo eligió”; encender y animar la fe que, en fórmulas bien distintas a las convencionales, está queriendo brotar en las diferentes culturas y confines del mundo. En definitiva, como él mismo ha señalado, servir a una Iglesia pobre, que sienta predilección por los pobres.

Dicho esto, si de la Iglesia hablamos, procede una cierta contención. Tiene 76 años, una ortodoxia reconocida en lo moral y muchos condicionantes. Pero hoy es día para la esperanza. Es buen pastor, sus feligreses, especialmente los más necesitados, guardan buen recuerdo suyo, sabe enfrentarse a los poderosos civiles –esperemos que también a los religiosos-, y es sencillo, modesto y austero. Y además habla español.

José Enrique Ruiz de Galarreta, un jesuita pamplonés que me merece mucho respeto, ha dibujado estos días en los medios  un retrato humano del nuevo papa realista, esperanzado y esperanzador. Me uno a sus deseos. Y espero que con él, la Iglesia ponga en el centro de su actividad a Jesús de Nazaret y a sus preferidos, los pobres de este mundo.

Diario de Navarra, 21/3/2013

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