Más que una renuncia

Escribo estas líneas una semana después de la renuncia de Benedicto XVI al pontificado. El formidable impacto mediático causado por la decisión, al que han seguido informaciones, reflexiones y especulaciones de todo tipo, nos indica que no estamos ante una simple renuncia de  poder, sino ante un gesto de hondo calado espiritual y temporal que permite múltiples lecturas.

La historia de la Iglesia como institución  refleja, en buena medida, los condicionantes de la sociedad en la que se ha insertado: eurocéntrica, durante la mayor parte de su historia; sumamente jerarquizada, como buena parte de la estructura política y social hasta casi nuestros días; y reacia a los cambios de todo tipo, con excepciones que confirman la regla, como el Vaticano II. Da la sensación de que esta misma Iglesia ha llegado a comienzos del siglo XXI cansada, algo desorientada y en actitud defensiva.

Esta Iglesia, que con luces, sombras, aciertos y errores sigue reuniendo a los que confesamos nuestra fe en Jesús de Nazaret en un mundo cada vez más complejo, ha tenido cuatro últimos papas al frente de la misma verdaderamente excepcionales. Juan XXIII, el profético convocante del concilio; Pablo VI, que lidió con dificultades para insertar a la Iglesia en el mundo moderno; Pablo VI, el evangelizador universal; y Benedicto XVI, el teólogo e inquisidor al que la cátedra de Pedro convirtió en sutil y discreto pastor.

Los dos últimos, de personalidades y planteamientos vitales bien distintos, nos ofrecen dos imágenes sustancialmente diferentes  a la hora de afrontar su compromiso vital. En Juan Pablo II, la imagen jovial de hombre en plenitud  que acompañó buena parte de su pontificado, fue dejando paso con la edad y  los achaques  a otra bien distinta: la de un anciano frágil en lo físico, que se resistía a dejar de cumplir su misión, por dura que ésta fuera. Si es verdad que a lo largo de la historia hemos visto morir, pero no enfermar ni agonizar a los papas, Juan Pablo II rompió con esa imagen para dejarnos ver el lado doliente de un ser humano, aunque viviera entre palacios y oropeles. ¿En medida razonable? No lo sé, pero en todo caso, digna del máximo respeto.

Benedicto XVI nos ha ofrecido otra versión bien distinta. Hombre racional, no ha dudado en someter a una reflexión exhaustiva el dilema que se le ofrecía: aguantar hasta el final a cualquier precio, o someterse al dictado de la implacable condición humana que ve mermar las fuerzas físicas y anímicas necesarias para dirigir una nave, la barca de Pedro, que navega en aguas procelosas, sabiendo que llegará a puerto pero sin conocer las condiciones de su travesía. La respuesta, sorpresiva y en latín, no ha podido ser más clara y contundente: “ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”.

El gesto es profético y el mensaje, insuperable. Ni siquiera el papa es imprescindible. A partir de aquí, una marea de cambios deberían de florecer en la Iglesia. Entre otros, renuncias de la vetusta jerarquía en cadena,  un mayor desapego al poder, o un rejuvenecimiento orgánico y doctrinal. En definitiva, un espíritu nuevo que esperemos impregne la elección del nuevo papa, que guíe a la Iglesia universal en los comienzos del nuevo milenio.

Pero la lectura de la renuncia no debe quedar en el estricto ámbito eclesial. Rememorando y adaptando al clásico, deberíamos proclamar que “del papa abajo, ninguno”. Todos, monarcas, presidentes y autoridades varias, muchos de ellos vitalicios, deberíamos de tener presente el mensaje: la jubilación no es selectiva, es propia de la condición humana y, en consecuencia, debe ser conjugada en todos los ámbitos. Benedicto XVI se merece esta jubilación jubilosa. Se lo deseo de verdad a un hombre que, pese a ser un gran teólogo, pasará a la historia del papado por su último gesto: fue consciente de sus limitaciones y, por el bien de la Iglesia,  renunció.

Diario de Navarra, 21/2/2013

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