Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación

Que vivimos en tiempos de confusión y mudanza es, además de aserto generalmente compartido, una evidencia. Ahora bien, si pretendemos concretar en qué consiste dicha mudanza, la unanimidad deviene disparidad, carraspeos o mutismo. Pero hay autores que se atreven con ello. Acabo de leer “Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación”, obra del polifacético autor italiano Alessandro Baricco. El ensayo lo es por entregas, ya que fue elaborado como colaboraciones semanales en el diario la Repubblica. De ahí que su lenguaje sea escasamente académico, desenfadado y políticamente incorrecto.

En la clásica dicotomía civilización/barbarie, Baricco pretende elaborar un análisis-mosaico de las características de esta civilización bárbara. Para él, el retrato de los bárbaros sería el siguiente:

“Una innovación tecnológica que rompe con los privilegios de una casta, abriendo la posibilidad de un gesto a una población nueva.

El éxtasis comercial que va a poblar ese gigantesco ensanchamiento en los campos de juego.

El valor de la espectacularidad, como único valor intocable.

La adopción de una lengua moderna como lengua base de toda experiencia, como condición previa para todo acontecimiento.

La simplificación, la superficialidad, la velocidad, la medianía.

El pacífico acomodo a la ideología del imperio americano.

El laicismo instintivo, que pulveriza lo sagrado en una miríada de intensidades más leves y prosaicas.

La sorprendente idea de que algo, cualquier cosa, tenga sentido e importancia únicamente si consigue enmarcarse en una secuencia más amplia de experiencias.

Y el sistemático, casi brutal, ataque al tabernáculo: siempre, y sea como sea, contra el rasgo más noble, culto, espiritual de todos y cada uno de sus gestos”.

Esta mutación, que se concreta en la llegada de los bárbaros se sustenta, en opinión del autor en dos pilares fundamentales: “una idea distinta respecto a qué es la experiencia, y un emplazamiento distinto del sentido en el tejido de la existencia. El corazón del asunto está ahí: el resto es únicamente una colección de consecuencias: la superficie en vez de la profundidad, la velocidad en vez de la reflexión, las secuencias en vez del análisis, el surf en vez de la profundización, la comunicación en vez de la expresión, el multitasking (hacer varias cosas a la vez) en vez de la especialización, el placer en vez del esfuerzo. Un desmantelamiento sistemático de todas las herramientas mentales que heredamos de la cultura decimonónica, romántica y burguesa. Hasta el punto más escandaloso: la brusca laicización de cualquier clase de gesto, el ataque frontal a la sacralidad del alma, sea lo que sea lo que ésta signifique”.

 ¿Y donde estamos nosotros? “Cada uno de nosotros está donde está todo el mundo, en el único lugar que existe, dentro de la corriente de la mutación, donde a lo que nos es conocido lo llamamos civilización y a todo lo que aún no tiene nombre barbarie. A diferencia de otros, pienso que se trata de un magnífico lugar”.

El texto me ha resultado de gran interés. Su mezcla de intuiciones, agudo análisis y fácil lenguaje, lo hace razonablemente asequible, a lo que contribuye su división en treinta entregas de variopintos títulos. Un ensayo, publicado por Anagrama en 2008, que constituye una provechosa lectura para este verano.

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