La Ruta de la Seda. De Afrosiab a Samarcanda (IX, 11 de abril)

Vista general de Samarcanda desde el observatorio de Ulughbek

Escribo estas líneas a las siete de la mañana del día 12 de abril, jueves. Sin duda, el día de ayer quedará como una de esas jornadas imborrables en nuestra modesta experiencia de viajero amante del arte. He preferido descansar y volcar después las impresiones porque ha sido, sin duda, el día más completo del viaje y el cansancio acumulado me impedía valorarlo adecuadamente.

¿De dónde el mito de Samarcanda? No sabría decirlo, pero está asociado a caravanas, conquistas, cúpulas, minaretes, lujo y esplendor. Tras la visita de ayer, muy bien planteada por Lautaro, el perfil se dibuja mejor y la secuencia histórica y artística aparece claramente esbozada.

Comenzamos la jornada por una aproximación física, a modo de cerco intelectual. La primera sorpresa fue la ubicación de la ciudad. Frente a la idea arraigada de ciudad plana y desértica, el emplazamiento es bien distinto. Las montañas del fondo, todavía cubiertas de nieve a mediados de abril, nos hablan de un territorio sinuoso, fértil, con agua abundante y, en esta época, de un verde primaveral. Una ciudad, en todo caso, relajante para el que procede del desierto por el oeste y de las altas estepas y las montañas por el este. No es extraño pues, que su emplazamiento y su ubicación ayuden a hacer de ella un enclave estratégico en una vastísima región más organizada de lo que a primera vista pudiera parecer.

 Lautaro muestra la diferencia entre el papel actual y el elaborado con pasta de morera 

La visita a un taller de artesanía, donde se elabora el papel de la morera según las técnicas más tradicionales, tiene gran interés. El canal de agua permite apreciar el proceso artesanal de su confección, con la limpieza de la corteza, el mortero empujado por la noria, el filtrado, el secado y su conversión en objetos varios. Tras este proceso artesanal, difícilmente puedes discutir el precio de los pequeños dibujos que adquirimos, modestos pero estéticamente placenteros.

 Maqueta del observatorio mandado construir por Ulughbek en el siglo XV 

De allí nos trasladamos al observatorio que Ulughbek, el intelectual nieto de Tamerlán, mandó construir a las afueras de la ciudad en el siglo XV. Las ruinas del enclave, magníficamente situado, con preciosas vistas sobre la ciudad, nos ofrecen una idea del esplendor científico alcanzado por esta época. Los restos subterráneos del sextante nos hablan de un personaje fascinante en la medida en que era él, el gobernante, quien ejercía de astrónomo principal. El museo adyacente levantado en su honor  resulta ilustrativo de la importancia de su figura en la historia de la astronomía. Todavía quedaba un buen trecho hasta que Copérnico extendiera por el mundo occidental estas teorías nacidas y desarrolladas en oriente.

Colina de Afrosiab desde la que  se aprecia una parte de la Samarcanda monumental

De la colina del observatorio pasamos a otra colina de especial importancia en la vida de la ciudad: Afrosiab. En esta ciudadela natural, rodeada de murallas, creció la vida de Samarcanda desde su fundación y primeros vestigios arqueológicos, en torno al siglo VIII antes de Cristo, hasta el siglo XIII, cuando las hordas de Gengis Kan arrasaron la ciudad por completo. La potencia del yacimiento dará, sin duda, muchos conocimientos en el futuro, pero lo conocido, presente en un museo en forma de paneles y restos varios, resulta suficiente para trazar una sucinta relación de etapas históricas bien secuenciadas:

–          Grupos locales

–          Aqueménidas

–          Alejandro Magno

–          Dinastías fragmentadas

–          Comienzo de la ruta de la seda

–          Zoroastrismo

–          Contactos e influencia de religiones exteriores: judaísmo, budismo, cristianismo (nestorianismo)

–          Islamización del territorio

–          Invasión de Gengis Kan

 Con momentos de esplendor y decadencia, el espacio reservado a las habitaciones privadas de un jefe local en el siglo VI, con sus paredes pintadas, nos ofrece una muestra del esplendor alcanzado en la zona en un momento en que toda Europa occidental estaba sumida en una profunda decadencia cultural y artística.

La buena mañana nos invita a adentrarnos en la colina y visitar algunos lugares del yacimiento, entre otros, la calzada del siglo XIII y sucesivos estratos de épocas posteriores.

¿Quién dijo que los Reyes de Oriente no existían? He aquí una prueba fehaciente de su existencia 

Tras la comida en un lujoso restaurante de la ciudad en el barrio levantado por los rusos en la segunda mitad del siglo XIX, en la que hubo tiempo para degustar la carne, animar el cuerpo, apreciar la habilidad para el desfile de nuestras chicas con sus pasminas, y admirar la natural elegancia de Peio Eguren para el desfile, iniciamos la visita a las verdaderas exquisiteces que Samarcanda nos tenía reservadas.

Mausoleo de Guri Emir. Vista de la cúpula gallonada, una de las más esbeltas, elegantes y coloristas de todo Uzbekistán 

La que Lautaro calificó como tercera joya del país es el mausoleo de Guri Emir, obra del tiempo de Tamerlán (siglos XIV y XV) Contiene las tumbas, aunque ese no era inicialmente su destino, del propio Tamerlán, sus hijos Shahrukh y Miran Shah, y su nieto Ulughbek, además del guía espiritual de Tamerlán, entre otros. El espacio es bellísimo, tanto exterior como interiormente. En el exterior, la gran portada está decorada con una colección de azulejos y mocárabes de gran belleza. El patio interior, reúne algunas piezas de interés: unas enormes calderas que Tamerlán llevaba en sus expediciones, parte de su trono y otros objetos. Pero la joya exterior es la cúpula gallonada, esbelta, elegante y colorista, elevada sobre un estilizado tambor que dota al conjunto de especial elegancia y armonía. Armonía que se repite en el interior, en el que el paraíso es representado por una bóveda dorada, hecha con las mil exquisiteces propias del arte islámico.

 Vista general de la plaza Registán, un espacio de singular belleza 

Y de allí a la joya por antonomasia de Samarcanda, la postal que la identifica en esa serie de espacios inigualados que componen los grandes hitos de la historia del arte mundial. La plaza Ragistán, traducible como “lugar de arena”, ocupa una gran manzana sin edificaciones que perturben su visión o afeen el conjunto. Dos cosas llaman poderosamente la atención: la simetría casi perfecta de las edificaciones, pese a haber sido levantadas con casi tres siglos de diferencia, y la espectacularidad de minaretes, cúpulas y portadas del conjunto. La sensación de inmutabilidad, de belleza sostenida en el tiempo, se convierte en asombro al contemplar cada uno de sus elementos, porque la infinitud decorativa es el denominador común de fachadas y elementos interiores.

 Madraza de Ulughbek, edificada en el siglo XV como escuela avanzada de estudios

La primera madraza, edificada por Ulughbek como escuela avanzada de estudios, con 100 estudiantes internos, es un espacio geométricamente perfecto, decorado con infinitas formas entre las que sobresale un juego cerámico de estrellas, en alusión a su bien ganada fama de astrónomo. Un bien medido juego de ventanas con entrelazo octogonal permite disfrutar de una brisa renovada que ennoblece el conjunto.

 Deslumbrante aspecto de una de las bòvedas de la madraza central, levantada en el mejor estilo timúrida del siglo XVII

La segunda madraza, levantada en el siglo XVII sobre el espacio anteriormente ocupado por un caravansaray, luce los mismos atributos del mejor estilo timúrida de la segunda etapa. Sobresale en ella la hermosa cúpula de la sala de oración con sus tonos verde azulados característicos.

Vista de la madraza de Sher-dor o “de los leones” desde el minarete de la madraza de Ulughbek 

Finalmente, la tercera madraza, la Sher-dor, “la que lleva leones”, con sus minaretes y su cúpula, ostenta una peculiar decoración: un juego de leones llevando unos cerdos en sus garras, lo que la enlaza con la arquitectura persa vinculada al chiismo, menos estricta con la representación figurativa que la escuela suní.

La plaza, a partir de ahora situada entre mi colección de plazas favoritas, junto al conjunto de Santiago de Compostela, San Marcos de Venecia, San Pedro del Vaticano o la plaza mayor de Salamanca, es preciso pasearla lentamente y apreciarla en sus múltiples perspectivas. Íñigo y yo incluso aceptamos una tentadora oferta, previo pago de una pequeña mordida al policía de turno que discretamente nos lo sugirió: acceder al segundo piso de la madraza de Ulughbek y de allí al minarete derecho, justo el que desde el exterior aparece inclinado debido a los sucesivos terremotos que han asolado la ciudad a lo largo de los siglos. La visión interna de la estrecha escalera de caracol no es la misma y las condiciones de tejados y espacios ocultos deja mucho que desear.

 Una mesa estratégicamente situada nos permitió disfrutar de la vista y el descanso 

La visión nocturna de la plaza, a la que volvimos esa misma noche para contemplar una elemental sesión de luz y sonido, acabó por darnos la perspectiva completa de la misma. Mientras escuchábamos en un francés difícilmente entendible un relato patriótico con moraleja política, imaginaba otras épocas y monumentos ligados al esplendor de Samarcanda. Verdaderamente es la perla de Oriente.

Un espectáculo inspirado en la historia de los trajes de Samarcanda y la escenificación de una boda uzbeca, cerraron un día completo, denso e inolvidable.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s