La Ruta de la Seda. Camino de pasión (V, 7 de abril)

Vista de la ciudad de Khiva, un fértil oasis en medio del desierto

La segunda noche en la madraza apenas ha mejorado la estancia de la noche anterior. Estancia en todo caso corta, ya que a las cinco cuarenta y cinco sonó el despertador para levantar. Nos espera un trayecto especialmente penoso hasta Bukhara. ¿Cómo es posible lo de las 12 horas de viaje anunciadas si sólo nos separan 450 kilómetros? La respuesta no tardaría en llegar. Una carretera infame, la única existente para comunicar las dos ciudades, va a constituir nuestro particular camino de pasión, en este Sábado Santo en la meseta del Asía Central. Pero la desvencijada carretera, en progresivo y rápido proceso de degradación al decir del guía, mientras otra carretera paralela parece disponible durante decenas de kilómetros, no es la única novedad del día.

Uzbekistán es territorio básicamente desértico, pero donde hay agua, pese al rigor del clima, fluye la riqueza. Y durante decenas de kilómetros, a la salida de Khiva, las tierras se visten de verde para dar paso al arroz, hortalizas y frutales. Inmensos canales y una red de canalizaciones menores llevan el agua del río Amudaria a todos los confines de la región, llana como la palma de la mano. Pero este aparente progreso encierra un desastre ecológico de grandes dimensiones.

El río Amudaria, venido a menos, constituye frontera natural con Turkmenistán durante decenas de kilómetros 

El agua no llega al Aral como consecuencia del regadío, y este mar interior está apunto de desaparecer de forma irreversible. Por si esto fuera poco, el río alimenta a cuatro países distintos y esto agrava el problema. No sé quien dijo que las guerras del siglo XXI serían por el control del agua, y este será un test importante. Da pena ver el río que impresionó a Alejandro Magno en su expedición a Oriente, convertido en un canal desangrado y de escaso caudal. Confiemos en que la sensatez y la técnica consigan en el siglo XXI lo que el XX ayudó a destruir.

El gran río Amudaria, que tanto impresionó a Alejandro Magno en su expedición a Oriente 

Tras las fértiles tierras del entorno del Amudaria, llega el desierto árido de arenas rojas de Kizil Kum. Un desierto en el que una rala vegetación nos indica que debajo hay vida, aunque las extremas temperaturas (más 50 grados en verano y menos 20 grados en invierno) hacen que solo las ovejas astracán aguanten semejante presión ambiental. Baches y más baches, rectas interminables que esperan la llamada de la técnica para convertirlas en una moderna carretera transitable, nos acompañan durante horas. Sin espacios habitados, sin apenas servicios de ningún tipo, ni hosteleros, ni comerciales, con aire cansino, avanzamos pese a la modernidad del autobús y la pericia de nuestros conductores.

¿Y durante casi once horas de viaje, qué hacemos? Escuchar las explicaciones de Lautaro, nuestro educado, servicial y sabio guía, seguir las lecciones de Marcelo que, con Avicena como excusa, diserta de cuestiones varias de historia y actualidad, y dormitar lo posible para aligerar el viaje.

La proximidad a Bukhara nos devuelve los colores que alimenta el agua, sobre todo el verde del arroz, casi omnipresente. A las dieciocho treinta, la ciudad central de la ruta de la seda, junto con Samarcanda, se hace presente para nosotros y el hotel Grand Bukhara, en las afueras de la ciudad, nos espera.

Vista de nuestro hotel, al fondo, desde el centro histórico de Bukhara

Es la noche de la Vigilia Pascual, una noche en la que el pregón pascual, un hermosísimo himno que resume la historia de la salvación proclama:

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!

¡Qué incomparable ternura y caridad!

¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!

Necesario fue el pecado de Adán

Que ha sido borrado por la muerte de Cristo.

¡Qué noche tan dichosa!

¡Sólo ella conoció el momento

En que Cristo resucitó de entre los muertos!

Jesús ha resucitado ¡Aleluya!

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