Costumbres de hogaño

Las navidades ya han terminado. Esta mañana de sábado la he dedicado a recoger el belén familiar, retirar las figuras de unos reyes magos procedentes de un belén escolar que mis hijos hicieron durante su etapa en la escuela de Oteiza y que, desde entonces, nos acompañan distribuidas en cada una de las habitaciones, y subir al desván los adornos navideños hasta el próximo diciembre. Todo ello entre la pena y el alivio que supone cada siete de enero el volver al tiempo cotidiano.

En Oteiza, la navidad termina con un acto singular, propio todavía del mundo rural en el que vivimos. Los reyes magos, que han recorrido las calles del pueblo en sus modestas carrozas en la tarde-noche del día 5, vuelven a aparecer en la misa mayor del día 6. No siempre son los mismos. A veces, alguno de los reyes se queda por el camino y, tras la larga noche de trabajo y juerga, debe ser sustituido por otro, más descansado y madrugador. Tras la misa de epifanía, preparada con esmero por Ángel Mauleón, toda la feligresía, coro incluido, hacemos una pequeña procesión festiva, acompañando a la sagrada familia y los reyes, para ir a las casas de los enfermos a fin de que Jesús les de su bendición para el año nuevo. Mientras el sacerdote y todo el cortejo suben a la casa, el coro parroquial y los feligreses, esperamos abajo mientras suenan los últimos villancicos.

Este sencillo cortejo me parece unos de los actos más entrañables, solidarios y afectivos  de todas las navidades. ¿Quién no lleva un niño dentro y recuerda sus mejores momentos, rodeado de sus padres y hermanos? ¿Quién no recibe un pellizco interior, cada vez que ve a los reyes, y rememora aquel juguete, por nimio que sea, que nunca se le olvidará? ¿Quién no desea verse acompañado por unos momentos y sentirse parte de una gran familia, sobre todo en una etapa en que la soledad es la habitual compañera de noches y días?

Por eso, la procesión festiva de reyes es una hermosa tradición que debe perdurar. Que ellos y ellas sientan que forman parte activa del pueblo, que les queremos, les recordamos y les tenemos presentes. Estas y otras pequeñas cosas son el baremo de la verdadera calidad de vida de nuestros pueblos.  En la última etapa, el cariño y el detalle es tanto o más importante que la necesidad material.

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