De dioses y hombres

 

Tres razones me incitan a compartir con ustedes esta reflexión sobre el papel de la religión en el mundo actual: la visión de una película fascinante que recomiendo vivamente “De dioses y hombres”, todavía presente en nuestra cartelera; la entrevista en este mismo medio con Justo Lacunza, padre blanco, experto en el islam y en lenguas y culturas africanas; y los sucesos a lo que estamos asistiendo en el mundo islámico, que parecen anunciar cambios revolucionarios en esa estratégica zona del planeta.

Sin entrar en las diversas acepciones del término religión y su etimología, sobre lo que no hay acuerdo, sí que podemos convenir en que la religión es un fenómeno universal que constituye una parte de la historia de la humanidad. Está presente en las pinturas rupestres, en los templos de Egipto, Babilonia, la India y Grecia, o en todas las manifestaciones de nuestro mundo occidental. Lo religioso es un hecho humano complejo, ya que en él concurren variedad de elementos -culturales, filosóficos, sociológicos, psicológicos, estéticos, etc.- que posibilitan diferentes acercamientos al mismo. Acompaña al sujeto humano como signo de racionalidad y se refleja en símbolos, tradiciones, rituales, creencias y códigos de comportamiento.

Dejemos de lado el balance histórico de las religiones, que nos llevaría muy lejos. Pero es inevitable constatar la diferencia existente entre sus valores intrínsecos, -todas ellas vehículo de paz, amor y diálogo- y su materialización concreta, en no pocas ocasiones unida a la violencia, las colonizaciones o la esclavitud. Si nos referimos a la religión cristiana, poco o nada tienen que ver los pequeños núcleos de seguidores de Jesús de Nazaret, proscritos y masacrados en los primeros siglos, con las etapas posteriores en los que acabaron por identificarse poder religioso y poder político y en los que la tarea de misión se convirtió en un imperativo que utilizaba la violencia, si era necesario, para conseguir la conversión de los paganos. Todo ello, claro está, sin dejar de reconocer el heroísmo de los mártires y los esfuerzos sobrehumanos de los misioneros a lo largo de los siglos para ampliar los territorios de misión.

Hoy, a Dios gracias, las cosas han cambiado para bien. La Iglesia ha perdido parte de su poder – una auténtica bendición divina-, el cristianismo está obligado a convivir con las otras religiones en pie de igualdad, y la misión, mandato imperativo de Jesús en el evangelio, se desarrolla por hombres y mujeres desde parámetros bien distintos. Lo señalaba con claridad Justo Lacunza en su entrevista: “hay mucho espacio común para compartir en paz entre musulmanes, judíos y cristianos”.

La verdadera historia de siete monjes franceses que en 1996 fueron secuestrados y asesinados por extremistas islámicos, le sirve al director Xavier Beauvois para meditar sobre el tenso diálogo entre el cristianismo y el islam, la violencia fundamentalista y el precio de la fe. La película tiene una doble lectura. Desde el punto de vista fílmico, yo resaltaría la convicción de su lenguaje, un idioma severo y austero que imita los vastos silencios a los que los monjes han decidido consagrar su vida, y su profundo amor por el mundo que les rodea, que aparentemente nada tiene que ver con ellos.

Pero el film nos permite una reflexión más honda: asistir con admiración y congoja a la vez, a la crisis espiritual que afronta cada uno de los monjes. ¿Qué derecho tienen ellos a abandonar a su gente? ¿Qué hay de útil o de beneficioso para ellos o para la Iglesia en sus casi seguras muertes si permanecen en el monasterio? ¿Va a servir de algo su muerte a la comunidad local a la que honran y sirven? ¿Qué papel juega Dios en estas decisiones?

La película invita a pensar y deja un poso. En mi caso ha sido el siguiente: me impresionó la brutalidad de su destino, pero mucho más el poder sostenido de su creencia.

Diario de Navarra, 24/2/2011

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