Las listas electorales

 

Hay momentos en la vida de los partidos que resultan particularmente convulsos y complicados: uno de ellos es el congreso, y más concretamente la noche anterior a la proclamación de la nueva dirección; el otro es la etapa de la elaboración de las listas electorales.

Respecto al primero, he procurado vivirlo siempre a una cierta distancia, de tal forma que, en contra de una costumbre inveterada, me he retirado siempre a mi casa a dormir y a la mañana siguiente he tenido la oportunidad de saber lo que me deparaba el destino.

Por lo que hace al segundo momento, he vivido circunstancias bien distintas. En los años ochenta accedí a una lista al Parlamento de la que dimití para hacerme cargo de la cartera de Educación, Cultura, Deporte y Juventud. En la siguiente ocasión, siendo consejero, no fui en las listas para dejar paso a otros compromisos que el entonces secretario general tuvo que atender. No me gustó excesivamente, pero lo acepté con deportividad. En las dos últimas legislaturas, por decisión de los respectivos secretarios generales, he ocupado el puesto número 7. Sencillamente el que se me asignó, ni más ni menos. El puesto real se lo gana uno en el Parlamento día a día, con su trabajo unas veces callado y otras más visible en la tribuna.

Creo en la renovación y en la no perpetuidad en los cargos. He procurado predicarlo con el ejemplo. No he ocupado nunca, en toda mi vida política, un cargo más de ocho años, cifra que considero suficiente para dar lo mejor de uno mismo. En consecuencia, esta será, si resulto elegido, mi última legislatura en el Parlamento de Navarra. Y, por supuesto, mi cargo de presidente está también a disposición del secretario general, ya que en el próximo congreso llevaré 8 años ejerciendo tan honrosa misión.

La etapa no es fácil para nadie. Ni para el secretario general, que al final debe decidir entre los muchos posibles; ni para el secretario de organización, que tiene que bregar con la ingrata tarea de la selección previa; ni para los no elegidos, que difícilmente entienden una decisión que consideran injusta. Pero aún siendo necesario el proceso, debe hacerse un esfuerzo adicional para que la  diferencia política no trascienda a la esfera personal. Somos compañeros de partido, en muchos casos con una gran antigüedad a las espaldas y muchas vivencias irrepetibles, para que una decisión de este tipo rompa unos lazos entrañables. Sí, ya sé que un político europeo de cuyo nombre no quiero acordarme señalaba que había “amigos, enemigos y compañeros de partido”. Pero, aunque a veces es verdad, espero que esa sea la excepción que confirme la regla.

Las listas están aprobadas. Sólo queda aprobar también los programas forales y municipales, en los que algo que he tenido que ver, y aprestarnos a la contienda electoral con optimismo y realismo a la vez. La política no pasa por sus mejores momentos, pero el país tampoco. Necesita de personas entregadas, convencidas y deseosas de ayudar a la mejora de la situación. Después, ya hablarán los ciudadanos y nos pondrán a cada uno en su sitio. Pero hasta entonces, que por trabajo e ilusión no quede. En mi caso, ambas cuestiones están garantizadas.

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