La vida y la muerte en una jornada

 

 

Los Arcos celebró ayer la festividad de San Vicente mártir. Es fiesta oficial local y día especialmente propicio para el encuentro, la camaradería y la continuidad de las tradiciones. La jornada comenzó con el canto de la aurora, en una mañana resplandeciente y gélida. La misa mayor, con presencia de las autoridades municipales e invitados, entre los que me encontraba, recordó la figura del santo patrón de la juventud local, con apelaciones a un sector que brillaba por su ausencia. Una hermosa talla barroca del diácono mártir, con la rueda que lo caracteriza, presidía el presbiterio. Tras la ceremonia religiosa y la veneración de la reliquia, salimos del templo a los sones de la tocata y fuga de Bach, que suena especialmente bien en el órgano barroco de la parroquia.

De allí, en procesión cívica, nos acercamos al ayuntamiento. La habitual concurrencia de vecindario acrecentada por ser sábado, le daba a la plaza de los fueros un aire especialmente festivo. Una vez bendecido el pan, este empezó a volar en todas las direcciones. Y en pocos minutos, los arqueños habían dado buena cuenta de los cestos preparados que, juntamente con la botella de vino por cabeza, se lo llevaron para acompañar a los numerosos ranchos preparados en chabisques, casas y restaurantes.

Hacía años que no asistía a la ceremonia y muchos más que no estaba invitado a lanzar el pan. Me vinieron a la memoria recuerdos de mi niñez, cuando los vecinos subían a la ermita de Yániz, y algunos otros vividos en la etapa  de consejero.

Tras la ronda consabida por los bares de la localidad, atestados de vecinos como en las fiestas de agosto, tuvo lugar una comida de hermandad entre la corporación, los empleados municipales y los invitados. Reinó el buen humor, la cordialidad y la buena mesa.

Pero a esa hora, la tragedia ya se había producido, aunque todavía no había llegado la noticia a la población. En los alrededores de Panticosa, en el Pirineo oscense, una joven de la localidad, Felipe Zurbano Osés, había perdido la vida sepultado por un alud de nieve. Felipe era un treintañero, buen profesional, querido de todos y con un prometedor futuro. Deportista, emprendedor, participativo, Felipe era un ejemplo de ciudadano inquieto, identificado con su pueblo y deseoso de colaborar en su mejora y su bienestar. La montaña, tan traicionera como siempre, se lo llevó sin avisar, incluso a él, que era prudente y comedido.

La consternación es grande en Los Arcos. Cuando escribo estas líneas, el cuerpo ya ha sido rescatado de la montaña y, tras los trámites pertinentes, irá a su pueblo a recibir el cariño de los suyos.

Nunca olvidaré esta jornada, ya que por razones que no vienen al caso, hoy había quedado con él para charlar de diversos temas. No será posible. Pero recuerdo su voz, su ánimo y sus palabras de los últimos días. Como ciudadano, hasta siempre Felipe. Y como creyente, que Dios te acoja en su seno. Estoy seguro que tu compromiso no se quedará sin recompensa.

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