¿Celebraciones o ritos?

 

El pasado día 20 de diciembre, Victor Manuel Arbeloa publicó una entrada  titulada “Celebraciones” en su muy activa e interesante bitácora. El breve escrito decía lo siguiente: “Estos días, en que la liturgia cristiana nos presenta los textos más bellos de la Biblia, escogidos sobre todo de los viejos profetas de Israel, vuelvo a reflexionar sobre el sentido de nuestras celebraciones eucarísticas. ¿Son de verdad celebraciones, desde el punto de vista de los fieles? Me temo que no. Suelen leer esos textos mujeres piadosas -una de las máximas concesiones a la mujer-, muchas veces sin vocalización, entonación ni sentido, y los fieles suelen responder con un Te alabamos, Señor, que dirían igual que si maloyeran un texto del Corán o de Séneca. Y luego, el formalismo rígido y rápido de la liturgia romana, hecha para otros tiempos, otras gentes (…)”.

He vuelto a pensar en ello tras asistir a dos celebraciones, en el pleno sentido de la palabra, disfrutadas en la iglesia de Oteiza en los dos últimos días. El día 5, tras la cabalgata de los Reyes Magos, en la iglesia parroquial se celebra un gran fiesta. Todos, pequeños y mayores, damos la bienvenida a los Reyes Magos, estos se dirigen a los niños, el coro parroquial entona villancicos y finalmente los reyes reparten una serie de juguetes a los más pequeños. La algarabía es notoria, y la iglesia aparece literalmente tomada por los niños y las parejas jóvenes, que no volverán a pisarla en los meses siguientes.

Estos mismos reyes han acompañado hoy la celebración litúrgica de la Epifanía y han ayudado a explicar a los niños y fieles el sentido de la fiesta que celebrábabamos. Afortunadamente tenemos en Oteiza un párroco, Angel Mauleón, misionero del Verbo Divino, que procura que nuestras misas tengan un aire cálido y familiar e intenta en sus cuidadas homilías que la Palabra se encarne en nuestra vida diaria y sirva para acompañarnos y alentarnos en este trance difícil por el que pasamos.

Hoy me he sentido en familia. Don Angel incitaba, los niños preguntaban, los reyes respondían y nosotros asentíamos entre aplausos. Y tras la misa hemos acompañado al sacerdote y a los reyes a repartir la comunión a los enfermos y a dar a besar al Niño. Una celebración, en definitiva, en la que ha primado el sentido comunitario y familiar y nos hemos acordado de quienes dan lo mejor de sí mismos en el anuncio de la Buena Noticia y de todos los que lo están pasando peor, entre nosotros o en países lejanos.

Se impone una reflexión sobre nuestras celebraciones. Probablemente vamos a unas comunidades más pequeñas, más comprometidas y más compartidas. La escasez de sacerdotes hará que desciendan las misas y aumenten las celebraciones de la Palabra. Lo importante, decía el cardenal Martini en su último libro, no es que aquellas sean multitudinarias, sino que sean eso, celebraciones. Y ese objetivo pasa por una mejor preparación y una mayor implicación de todos, sacerdotes y fieles. Aferrarse a la norma y seguir las actuales pautas no hará sino retrasar un cambio necesario.

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