A propósito de dos monumentos religiosos

 

Navarra es una Comunidad con un patrimonio artístico de indudable valor e interés. Uno de los capítulos más notables del mismo lo constituye la imponente colección de retablos de nuestras iglesias, especialmente los correspondientes al renacimiento y al barroco en sus variadas expresiones. Como complemento del anterior, la imaginería religiosa, sobre todo los pasos procesionales, son también una inequívoca muestra de este rico pasado, reflejo de un pueblo y una sociedad donde el componente sacro formaba parte no sólo de una religiosidad que impregnaba todos los órdenes de la vida, sino de una manera de vivir y de sentir.

José Javier Azanza, no hace mucho tiempo, tuvo la oportunidad de recoger en un libro de la colección Panorama los ejemplos más representativos de la estatuaria civil y religiosa de Navarra a lo largo del siglo XX, bajo el título “El monumento conmemorativo en Navarra. La identidad de un reino”.

El proceso de secularización de Navarra, muy evidente desde los días del Concilio Vaticano II hasta la actualidad, había cambiado los paradigmas de la religiosidad y del culto. Los aspectos externos habían cedido en favor de una religiosidad más austera y auténtica, las prioridades de la Iglesia parecían haber cambiado y las grandes manifestaciones de antaño habían dado paso a unas celebraciones más familiares e íntimas, más participadas y menos cultuales, si se me permite la expresión.

Pero los últimos acontecimientos en esta materia parecen retrotraernos a otra época. La dedicación de un monumento de grandes proporciones al Corazón de Jesús en una zona de especial expansión y crecimiento de la ciudad, y la más reciente todavía inauguración de una imagen del papa Juan Pablo II, con significativa presencia de autoridades religiosas y civiles de Pamplona y de Torun, me han dejado un sabor agridulce. La Iglesia católica en Navarra tiene derecho, faltaría más, a expresar públicamente su fe y su culto y las dos imágenes son buena prueba de ello. Pero ¿era necesario este acto de manifestación pública aquí y ahora? Más aún, ¿era la prioridad en este preciso momento, cuando la oficialmente católica Navarra ha dejado paso a otra sociedad más secularizada que requiere un adaptación a los tiempos nuevos? No tengo la respuesta definitiva, pero en mi condición de cristiano de base planteo unos interrogantes que no son sólo míos, sino el reflejo de un pensamiento no sé si mayoritario, pero al menos sí representativo.

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