Navarra festiva (XIV): Artajona

 

La vista de la tierra de Artajona es para mí un paisaje familiar. Desde la ventana de mi casa, mientras preparo el zumo y el café de la mañana, atisbo a lo lejos el Cerco y el apretado caserío que descansa a sus pies. La villa la he visitado en otras ocasiones, unas para conocer de cerca su arte y su arquitectura y otras para enseñar a amigos o profesionales sus monumentos. Pero en esta ocasión, la invitación era para compartir con la corporación municipal el día grande de sus fiestas, en este ocho de septiembre tan mariano y tan festivo en media Navarra.

Me sorprendió un poco el comienzo de la visita. En el zaguán de la casa consistorial, sin siquiera subir al salón de plenos, lugar ordinario de las recepciones festivas, nos juntamos quienes íbamos a presidir el desfile cívico: el alcalde, los concejales, la secretaria, el juez de paz y yo mismo, único representante de instituciones ajenas a la localidad. En conversación posterior pude conocer la razón de este proceder. El ayuntamiento estaba en obras y solo servía de punto de encuentro para los actos. Tras el protocolario saludo, iniciamos la marcha hacia la iglesia. Los primeros acordes de la banda pusieron de manifiesto uno de los grandes logros de Artajona: su amor por la música, concretado en la presencia de grupos instrumentales y corales que harían las delicias de poblaciones de muchos más habitantes. Sí, ya se que un día de fiestas no es el mejor contexto para escuchar esta banda compuesta por músicos mayoritariamente jóvenes, alumnos muchos de ellos de la escuela de música de la localidad. Pero, pese a todo, sonó bien y es preciso resaltarlo.

La iglesia de San Pedro, la iglesia nueva del pueblo, que no la de San Saturnino del Cerco, presentaba un aspecto imponente. No era la belleza artística lo que resaltaba en ella, ya que la primitiva construcción gótica de lo que entonces era el Rabal, fue renovada totalmente a mediados del XIX. Pero en su interior, engalanado para la ocasión, estaban los dos elementos básicos de la fiesta en Artajona: la Virgen de Jerusalén y la abundante feligresía que honraba a su patrona.

La imagen de la Virgen de Jerusalén es una obra diminuta, propia del románico tardío de comienzos del siglo XIII, realizada en cobre dorado y con decoración de esmaltes y vivos colores. Una joya artística y la pieza básica de la devoción mariana de los artajoneses, que la agasajan durante todo el año en la ermita que lleva su nombre.

La ceremonia religiosa fue solemne, sentida y magníficamente cantada por el coro parroquial acompañado de una serie de instrumentos que daban calor y color a viejas melodías tradicionales. El párroco, acompañado de seis sacerdotes vinculados por nacimiento o actividad pastoral a Artajona, presidió la ceremonia con llaneza y simpatía, sin engolamientos innecesarios. La aurora de las fiestas, cantada por toda la feligresía resume bien lo acontecido: “nuestro pueblo celebra sus fiestas/ rindiendo homenaje de amor y piedad/ a su madre la Virgen querida/ pidiéndole vele por su bienestar”.

La procesión posterior, con la Virgen de Jerusalén a hombros de jóvenes y mayores, contó con todos los alicientes que la ocasión requería: buen tiempo, buenos joteros –ellos y ellas-, baile de gigantes, la banda sonando mejor por las estrechas calles de la villa y balcones engalanados. Durante el trayecto, sin hacer mucho caso al párroco que pedía desde el altavoz más cantar y menos hablar, el alcalde Pedro Egea y yo repasamos algunos aspectos de la actualidad municipal: urbanismo, Plan E, escuelas, residencia y actividades culturales. Un moscatel y unas pastas en la sacristía, además de una breve conversación con el clero, cerraron la parte religiosa de la celebración. De nuevo, en breve cortejo cívico, nos acercamos hasta el ayuntamiento. La banda nos deleitó con algunas piezas del repertorio y, a ritmo de pasacalles, comenzó a recorrer las calles de la villa. Una distendida caña con frito en un bar de la localidad y una corta conversación con nuestro concejal, cerró mi estancia en Artajona. “Esto no se puede aguantar, sólo sucede en Artajona”, había dicho el párroco al final de la ceremonia religiosa. No es del todo verdad, pero los artajoneses pueden sentirse orgullosos de sus fiestas. Yo, al menos, sentí satisfacción y orgullo por haber podido compartir con ellos su día grande.

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