Carlos Hugo, la última esperanza

 

El pasado 23 de marzo se inauguró en Estella el Museo del Carlismo. La jornada, histórica por varias razones, contó con la presencia de personajes pertenecientes a casi todas las familias carlistas, entre los que sobresalieron el Jefe de la dinastía, Carlos Hugo de Borbón y Parma, su hermana María Teresa y el primogénito de aquel, Carlos Javier. En el reducido espacio del patio de columnas del Palacio del Gobernador, apretados en torno al estrado, Juan Cruz Allí me presentó a Carlos Hugo con esta ajustada y protocolaria expresión: “Señor, el presidente del Partido Socialista de Navarra”. Crucé con él unas palabras de saludo y bienvenida y seguí de cerca sus pasos, porque me sorprendieron tres cosas: su aspecto elegante y frágil, su afabilidad, y su modestia en el vestir, con un traje no precisamente de estreno. Tras el recorrido por las salas del museo, en buena medida el acta de defunción del movimiento, se limitó a ponderar la idoneidad de sus fondos y, en tono educado, a señalar algunas insuficiencias, como la finalización del recorrido en la guerra civil, sin abordar la etapa del franquismo y la transición. Pero si las anécdotas definen al personaje, dos detalles me parecieron reveladores de su rica personalidad. En primer lugar, el afecto hacia un carlista de toda la vida, Germán Barandalla, que con su boina roja hacía profesión de una fe incombustible e inmarcesible. “Con éste las cosas habrían ido de otra manera”, me confesaba con emoción y orgullo, después de haber conversado con su rey. En segundo lugar, el gesto humano hacia otro carlista histórico, José Ángel Zubiaur, que empujado por su hijo accedió en silla de ruedas hasta el patio del museo. A fin de facilitar la conversación, Carlos Hugo postró su rodilla junto a la silla de ruedas y allí estuvieron durante unos momentos dos hombres que, procedentes de mundos distantes y estratos sociales radicalmente distintos, dedicaron al carlismo muchos de los momentos de mayor intensidad vital de su vida personal y política.

La figura y la obra de Carlos Hugo es compleja, llena de matices y contradicciones, y muy sugestiva para el historiador. Al carácter claramente antiliberal y contrarrevolucionario que definió históricamente al movimiento, el carlismo le añadió en Navarra otras connotaciones que le dotaron de carácter propio: una tardía reivindicación foral, unas difusas demandas sociales y un sustrato popular sólidamente asentado que lo diferenció de otros grupos, articulados en torno a notables, sin bases que sostuvieran la militancia partidaria. Ello unido a los condicionantes del franquismo, que utilizó al carlismo en su propio beneficio tras su relevante apoyo en la contienda civil, hacía especialmente difícil la renovación ideológica de un movimiento vinculado a los sectores más tradicionalistas de la política española.

Carlos Hugo lo intentó. Una triple coyuntura le ayudó en el empeño: sus propias convicciones personales y su capacidad intelectual, acreditada con licenciaturas en derecho y económicas en La Sorbona y Oxford, la apertura eclesial del Vaticano II, que le permitió definir una nueva visión social del movimiento, y la transición política española, propicia a los cambios de todo tipo en el contexto de una sociedad democrática. Y aquí tuvo su talón de Aquiles. Su apuesta por transformar el carlismo, un movimiento legitimista y dinástico, en un partido político afín a los postulados del socialismo autogestionario de vocación federalista, no tuvo la acogida por él esperada. Su respuesta fue la retirada de la política y su paso a la docencia en la prestigiosa universidad de Harvard. Pero eso conllevó, a su vez, la enésima ruptura del carlismo, y la rapidísima disolución de un movimiento político-social pujante  en las dos décadas anteriores en una fuerza política simplemente residual a partir de los años ochenta del pasado siglo. Una vez más, la distancia de la teoría política a la praxis democrática y partidaria se reveló demasiado grande. Aunque en esta ocasión el aliento utópico característico del movimiento no estaba cargado de pasiones irracionales, guerras cruentas, y batallas y generales, como había venido sucediendo históricamente, sino de reflexivas razones teóricas  poco contrastadas, eso sí, con la realidad, tampoco le acompaño el éxito.

En la historia nada está escrito definitivamente. Pero da la sensación de que con Carlos Hugo el carlismo ha perdido su última esperanza. Intentó su modernidad, y ese ha sido su principal mérito. Su último comunicado, la semana pasada, en el que se despedía de sus seguidores, está lleno de cordura y constituye un buen programa de futuro: “Lo único que os pido es serenidad y que sigáis adelante con nuestro proyecto de libertades, expresión moderna de nuestros antiguos fueros”. Descanse en paz.

Diario de Navarra, 21/8/2010

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