El Museo del Carlismo

 

Si los historiadores tuvieran que elegir el movimiento social y político más característico de la Navarra de los siglos XIX y XX, estoy seguro que buena parte de ellos se decantaría por el carlismo. Al carácter claramente antiliberal y contrarrevolucionario que define el movimiento, el carlismo une en Navarra otras connotaciones que le dotan de carácter propio: una tardía reivindicación foral, unas difusas demandas sociales y un sustrato popular sólidamente asentado que lo diferencia de otros grupos, articulados en torno a notables, sin bases que sostengan la militancia partidaria. En el balance histórico del carlismo, aunque los pretendientes, los generales y las guerras ocupan un lugar preeminente, éste debe concederse a un pueblo sufrido y entregado, buena parte de la población rural de Navarra, que sacrificó generaciones enteras a una causa que aportó más sacrificios que glorias, más tristezas que alegrías.

Navarra merecía un espacio dedicado al carlismo. Tras varios tanteos, el Parlamento de Navarra decidió hace 10 años encomendar al Gobierno de la Comunidad la puesta en marcha de un museo que recogiera esa parte de nuestra historia. Por fin, el pasado 23 de marzo, tras una inauguración llena de anécdotas personales y políticas, con reencuentro incluido de casi todas las familias carlistas, y una inversión de más de 6 millones de euros, el museo abrió sus puertas en plena rúa jacobea estellesa.

Un  museo es básicamente la conjunción de, al menos, tres factores: el continente, el contenido y el proyecto que engloba a ambos. Por lo que hace al continente, el museo ocupa el Palacio del Gobernador, un magnífico edificio bastante exótico para la zona, entroncado con la arquitectura madrileña de los Austrias. Articulado en torno a un patrio de porte clásico, la cuidadosa restauración del equipo dirigido por José Luis Franchet le ha devuelto al edificio, convertido en una ruina hasta hace una década, buena parte del esplendor perdido.

El contenido del museo se articula en tres espacios claramente definidos: la planta noble para el museo propiamente dicho, la planta baja para las exposiciones temporales, y el sótano, tan hermoso como sobrio, para una somera descripción del proceso de rehabilitación. La exposición permanente se estructura en ocho ámbitos que repasan la historia del carlismo como movimiento histórico desde su orígenes hasta la Segunda República y la Guerra Civil, y se apoya en un friso cronológico completado con imágenes representativas de cada etapa. En su recorrido merecen destacarse tres rasgos relevantes: un discurso histórico escueto y contenido,  en el que se aprecia la mano experta del comité científico asesor; un número reducido de piezas –la mayor parte depósito del Partido Carlista- de más valor sentimental y afectivo que histórico; y un proyecto museográfico eficaz que resalta el valor  de lo expuesto. Tras el recorrido, una pregunta sigue flotando en el aire: ¿Dónde está ese pueblo sufrido que nutrió el movimiento?

Los retos que se le presentan al museo, con una dirección provisional, no son sencillos. El propio folleto que se entrega a los visitantes los expresa con meridiana claridad: la recuperación patrimonial, la investigación y la difusión con criterios científicos. Cabe esperar que el museo impulse nuevas donaciones y depósitos de piezas procedentes de familias e instituciones. Debería servir de acicate a las Jornadas de Estudio del Carlismo de las que se han celebrado dos ediciones. Y es de suponer que, al menos, el museo se convertirá en visita obligada para escolares procedentes de todo Navarra.

Nuestra Comunidad dispone de un nuevo espacio para el conocimiento de nuestra historia, el avance de nuestra cultura y el desarrollo turístico de nuestra tierra. Sinceramente, creo que nuestros antepasados se lo merecían. Nuestro recuerdo para todos ellos y nuestra enhorabuena a cuantos lo han hecho posible.

Diario de Navarra 7/4/2010

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