Pascua en Castilla

 

Cuatro de abril de 2010. Domingo de Resurrección. Siguiendo una costumbre que se remonta ya a casi treinta años, mi mujer, mis cuñados y yo salimos a realizar nuestro corto viaje de la Semana de Pascua. Ayer celebré, nunca mejor dicho, la Vigilia Pascual en Alloz, unido a la comunidad cisterciense y a los amigos del monasterio que nos solemos reunir todos los años. Y esta mañana, de buena hora, hemos iniciado nuestro viaje a Santiago. El tener ya recorridos buena parte de los lugares del norte de España y el ser año jacobeo nos ha empujado esta vez hasta Compostela. Una pequeña insensatez que resulta llevadera con la ayuda de la nueva Autovía del Camino, que facilita y mucho el trayecto.

La primera parada, a media mañana, ha sido en Sasamón, un pueblo de la provincia de Burgos con una impresionante iglesia gótica de cinco naves. Sorprende sus dimensiones porque el casco urbano, en otro tiempo floreciente, acoge en nuestros días a poco más de cuatrocientos vecinos. Tras visitar la iglesia y recorrer su desvencijado pero interesante tesoro artístico, hemos asistido a la procesión del Encuentro que precedía a la misa mayor. Tras un pendón rojo de grandes dimensiones, el cortejo ha partido con la imagen de la Virgen, todavía con manto negro, y una talla del Salvador Resucitado. La procesión se ha dividido una vez cruzada la plaza y las imágenes han tomado calles diferentes. El encuentro se ha producido en el barrio de abajo. Tras tocar por tres veces las andas de ambas imágenes, a la Virgen le han quitado su manto negro para lucir un manto de fiesta y volver junto a su Hijo Resucitado a la parroquia. A la procesión le ha faltado la banda de música que acompañaba en otro tiempo ese precioso momento o siquiera un canto de júbilo. Tal vez el párroco tendría prisa, dado el grupo numeroso de poblaciones a las que tenía que atender.

La autovía nos ha dejado, pasadas las tres de la tarde, en el puerto de Piedrafita de Cebreiro. Creo que no había vuelto desde el año 1978. El paisaje de otro tiempo, con su iglesia y sus pallozas, ha dejado paso a un pequeño pueblo turístico, hermoso y cuidado, pero sin el sabor de antaño. Al atardecer, Santiago nos ha recibido con una apacible temperatura y el bullicio acostumbrado. Aún hemos llegado a tiempo para ver desfilar por el casco antiguo compostelano la misma escena de la mañana. Cambiaban el ámbito, de rural a urbano, la brillantez del cortejo y la música de cornetas y tambores, pero el sentido era el mismo.

Un paseo por las rúas y las plazas, una parada obligada ante la gran fachada del Obradoiro, y una agradable cena en un acogedor entorno, han constituido el final de la larga jornada. La campana de la torre Berenguela anuncia solemne que el día termina. Es hora de ir a la cama, que mañana es día de jubileo, visitas y arte.

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