Día de San Blas en Los Arcos

 

La de San Blas y San Lázaro es una de las cofradías de más solera de la villa. Situada a las afueras del pueblo, en pleno camino de Santiago, ocupa una pequeña ermita románica del siglo XII, restaurada por la cofradía con la ayuda del Gobierno de Navarra en la década de los ochenta.

Por tradición familiar pertenezco a dicha cofradía, de la que forman parte, además, mi madre y mis cinco hermanos. Como siempre que puedo, me he acercado esta mañana a Los Arcos a participar en la misa y en el acto de confraternización posterior, teniendo presente, además, que dos de mis hermanos eran este año los mayordomos, encargados de toda la intendencia del día. Pero debo de reconocer que, como hago siempre, al levantarme he entonado quedamente la aurora: “mañana venturosa/ de alegría sin par/ es la que hoy celebramos/ en honor de San Blas” y me he unido de corazón a los que a esa misma hora la estaban entonando a varios grados bajo cero por las calles de Los Arcos.

El día, limpio y frío, como corresponde a febrero, nos ha deparado una mañana para el recuerdo. Los cofrades más veteranos, Felipe y Gerardo, han compartido espacio y vivencia con vecinos de todas las edades, incluidos los niños de la escuela, entre los que había algunos inmigrantes. Todos arremolinados ante el altar, en medio de una algarabía festiva, hemos participado en la misa, hemos cantado la aurora, hemos asistido a la bendición de los alimentos y hemos venerado la reliquia. Sí, exactamente igual que lo hicieron nuestros bisabuelos, abuelos y padres. Para todos ellos ha ido nuestro recuerdo en un día donde se hacen más evidentes las ausencias y uno percibe ser un eslabón más de una cadena a la que deseamos continuidad.

Esta también, pese a lo que piensen algunos, es la Navarra de nuestros días y deberíamos intentar que no desapareciese. ¿Por cuánto tiempo podrá perdurar, pensaba yo, un acto como este? No soy demasiado pesimista. A medida que el ser humano avanza en años va creciendo en él una nostalgia del tiempo pasado que le empuja a anudarse a la historia y no romper amarras definitivamente. Esto resulta más fácil en el ámbito rural que en el urbano, pero la celebración de hoy en San Nicolás de Pamplona nos deja entrever que las raíces también perviven en un medio más hostil.

Esta es la riqueza cultural, etnográfica y social de nuestra tierra. Espero y deseo que la globalización no acabe con ella.

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