La fiesta de la Epifanía

 

Para una persona como yo, a un tiempo creyente y militante activo en un partido socialdemócrata, el diálogo fe-cultura es una preocupación y una exigencia permanente. Por ello, tras haber consolidado el blog con casi 300 entradas durante más de dos años, me atrevo, recién comenzado 2010, a incorporar una nueva categoría que he dado en llamar precisamente así “Diálogo Fe y Cultura”. No pretendo en ningún caso adoctrinar, ni sentar cátedra de nada, sino más bien expresar mis dudas, preocupaciones y reflexiones respecto a un tema de evidente complejidad, que sólo aparecerá de vez en cuando.

Ayer hice un comentario sobre los Reyes Magos de contenido más cultural-social que religioso. Hoy quisiera referirme brevemente al contenido creyente de la fiesta.

La Biblia me parece un libro admirable, tanto en lo espiritual, como en lo cultural y literario. Que un pueblo nómada, pobre en riqueza y población, haya sido capaz de transmitir con tanta densidad humana y espiritual su convencimiento de ser el elegido de Dios, no deja de ser sorprendente. Y que esa continuidad, sostenida a duras penas durante siglos, culmine en el nacimiento de Jesús, el Mesías prometido, es para los cristianos, no sólo sorprendente, sino la Gran Noticia.

Estos días, estoy leyendo y meditando, me atrevería a decir, un libro excelente de José Luis Elorza, titulado “Drama y esperanza. Lectura existencial del Antiguo Testamento”, editado por Frontera. La preocupación constante del autor es hacer una lectura al mismo tiempo crítica, existencial y creyente de la Biblia. De tal forma que, partiendo de los resultados de la investigación, pueda leerse en diálogo con los interrogantes eternos del ser humano.

Y esta triple dimensión es perfectamente apreciable en las lecturas de hoy. Isaías, el gran profeta de Israel, que escribe para la pequeña comunidad en torno a Jerusalén, anuncia un amanecer luminoso, que expande su claridad al universo. Los dispersos se reúnen en torno al Dios Salvador. El salmo responsorial recorre las tierras entonces conocidas, de Tarsis hasta Arabia, entonando un canto de alabanza a Dios. La segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Efesios, subraya la gran noticia: Dios no ha venido solo para los judíos, también los gentiles somos coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo. Finalmente el evangelio, mediante un lenguaje poco historicista, pero de gran calado, nos anuncia también la noticia: Dios lo es para todos y se manifiesta como amor, como justicia, como libertad, y como esperanza.

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