El adiós a Pablo Antoñana

El pasado 15 de agosto, fiesta grande de las fiestas de Los Arcos, mi pueblo y el que durante muchos años fue también el suyo, un medio de comunicación me llamó a media tarde pidiéndome una primera impresión de la vida y obra de Pablo Antoñana, cuyo óbito se acababa de producir. Destaqué dos cosas. Por un lado, lo peculiar de un personaje al que traté bastante en los primeros años de la transición. Como homenaje a ese mundo rural que tan maravillosamente retrató con prosa dura y corazón tierno, me atrevo a contar una anécdota que encaja bien en su universo de la república de Yoar. En la campaña de las primeras elecciones democráticas, los representantes navarros del partido de Ruiz Jiménez –persona admirable que acaba también de fallecer-, esperaban pacientemente en el inmenso frontón de Los Arcos la llegada de asistentes al mitin. Pasados unos minutos, como sólo éramos tres los dispuestos, el cabeza de lista se nos acercó para saber si estábamos interesados en que el mitin se celebrara. Yo, joven impulsivo, tomé la palabra y les dije: creo que se pueden ahorrar ustedes el esfuerzo. Este señor es Pablo Antoñana, que tiene criterio propio; este otro es el sargento de la guardia civil, que viene por obligación; y el tercero, que soy yo, tengo ya el voto decidido. Convinimos en tomarnos un vino juntos como alternativa. Eso sí, creo que el sargento declinó tomar el vino con contertulios no demasiado recomendables.

No me considero experto en su obra, ni siquiera sé si es lo más interesante, literariamente hablando, de su producción. Pero a mí, por encima de todo, me gustaba el Antoñana articulista, que hablaba de su espacio y de su mundo. Ese escritor costumbrista, sin el carácter peyorativo que esta expresión  ha alcanzado últimamente, que en la mejor tradición de nuestra literatura, urga, describe e innova, convirtiendo una cuestión aparentemente menor en un retrato vigoroso, brillante, a veces controvertido, de ese mismo mundo con el que convivía.

Fueron muchos los que le acompañaron el día de su cremación. Y fuimos muchos también los que nos acercamos el miércoles siguiente al patio de los gigantes de la calle Descalzos para estrenar el espacio de despedidas civiles y hacerlo con un personaje de excepción. Una ceremonia sobria, magníficamente conducida por el periodista Javier Pagola, permitió conocer aspectos de su vida y su obra. Y, como remate final, las palabras medidas y transidas de emoción de su hija cerraron un homenaje donde al calor externo se unió un perceptible calor interior.

Pero Pablo volvió en cenizas junto a los suyos. A su Viana, junto a su Yoar y entre sus gentes. Descansa en paz junto a los tuyos.

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