Siria y Jordania: impresiones de un viaje. 6.- Palmira y la estepa (13 de abril)

La partida de Aleppo es muy de mañana. De nuevo, por la autopista del Norte, desandamos el camino de ida hasta Hamma, la ciudad de las norias, de triste recuerdo por la revuelta integrista de los Hermanos Musulmanes contra Hafez el Asad y la brutal represión de éste.

En Homs nos adentramos hacia la estepa, camino de Palmira. Dos novedades ha tenido hasta ahora Siria para mí. La primera, encontrarme con un territorio rico y feraz. La segunda, apreciar que la estepa –la badía- y no el desierto, constituye la mayor parte del país. Terreno muy seco, pero no de arena, y por lo tanto productivo cuando hay un curso de agua o un pozo que la proporcione. Así queda de manifiesto en el camino hacia Palmira, con campos verdes de cereal, verdadero milagro en medio de tanto secarral.

Tras unas rectas interminables, aparece Palmira entre dos pequeñas cadenas montañosas. Nuestro primer contacto con la ciudad y su oasis de palmeras es la zona de las tumbas, en los extramuros del recinto urbano. Diseminados aquí y allá en la ladera de la montaña, se extienden a modo de torres de piedra los sepulcros de las familias nobles, que en otros casos se horadan en la roca en forma de hipogeo.

Pero Palmira es, sobre todo, la extensa ciudad histórica conformada por el gran templo, la vía sacra, la calle principal y los edificios públicos adyacentes. Un conjunto impresionante en dimensión y calidad. Una vez más queda demostrado que en Oriente, a diferencia de Grecia, la medida de todas las cosas no es el hombre, sino que el gigantismo lo invade todo. Así queda de manifiesto en Apamea y así se subraya de nuevo aquí. El estilo palmireño, a caballo entre Grecia, Roma y el mundo sasánida, es robusto, recargado y mestizo. Un paseo entre sus restos nos familiariza con Zenobia y sus sueños, y la puesta de sol desde la fortaleza termina definitivamente de encandilarnos. La piedra rosada refulge al sol, recuperando por unos momentos el esplendor del tiempo perdido. ¿Y la Palmira de hoy? Un gran poblachón con algunos hoteles de lujo y un turismo de horas, que se contenta con dar una vuelta por la zona arqueológica y seguir rumbo a otros lugares.

De estas y otras cosas sostengo una animada conversación con el segundo guía. El primero es Jacinto, nacido en Argentina, de padre sirio y madre de ascendencia gallega, un veterano y culto cicerone que conoce a la perfección todos los trucos de la profesión. Un regalo para un buen viaje, ya que él, en buena medida, marca la pauta y te permite un mejor acercamiento al mundo autóctono. El otro es Shalam, que respeta la jerarquía de Jacinto, y en su difícil vocalización, deja entrever una gran cultura. No estaba equivocado. La conversación entre tambores de columnas, entablamentos y capiteles a ras de suelo gira en torno a su actividad profesional y el estado cultural del país. Nuestro Shalam es ¡nada menos! que el jefe del departamento de arqueología de la Universidad de Damasco, la más importante del país. Un profesor universitario que realizó la tesis doctoral en Granada y todavía dedica algunas semanas al año a acompañar a grupos que buscan, además del tipismo, una mirada cultural sobre el territorio.

Cae la noche y Palmira queda en relativa penumbra. Lo que no impide que una tenue iluminación artística haga renacer otra ciudad más sugerente, poética e irreal. Un espacio y un momento idóneo para que Zenobia, la reina del desierto pueda moverse a sus anchas, No la ví, pero seguro que su espíritu siguió nuestros pasos.

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