Un esplendoroso pasado

Aunque con algunas dificultades de interpretación, los historiadores están básicamente de acuerdo en que la revolución neolítica y las formas de vida que constituyen la raíz de nuestra civilización nacieron en el llamado “Creciente fértil”, el espacio geográfico situado entre las cuencas del Tigres y Eúfrates, y el Nilo. Esos territorios, verdadera encrucijada de pueblos y culturas, están hoy ocupados por países muy diversos en su extensión, su desarrollo económico y social, y su sistema político. Siria y Jordania son dos de ellos.

De forma algo imprevista, resultado a medias del azar y de la amistad con algunos de sus componentes, he tenido la oportunidad de formar parte de un viaje que los antiguos alumnos del Verbo Divino realizan todos los años y que, en esta ocasión, nos ha llevado a ambos países en la pasada Semana Santa. Un viaje bien preparado, intenso, eminentemente cultural, que ha colmado todas mis expectativas. Vaya desde aquí mi agradecimiento a los organizadores y mi reconocimiento a un grupo amigable y solidario que facilitó las relaciones humanas, especialmente complejas en coyunturas como la presente.

La Siria que nos transmiten las agencias internacionales podríamos resumirla así: antigua en lo histórico, rica en lo artístico, desértica en lo geográfico, poco desarrollada en lo económico y totalitaria en lo político. Pues bien, en cinco días, esta Siria tópica ha adquirido matices nuevos y se ha enriquecido con otras visiones. Pocos países poseen un estrato histórico tan potente y rotundo. Fue el punto de cruce de los enfrentamientos expansionistas de las primeras potencias de la historia; el eje entre Oriente y Occidente con la expansión de las culturas griega y romana; el epicentro de la conquista árabe con los califas Omeyas; el espacio vinculado durante siglos al imperio otomano; y, tras la sujeción a los intereses occidentales, el país orgulloso y aislado desde su independencia.

Esta historia rica y compleja se manifiesta, de forma especial, en el arte. Imposible enumerar lo visto, pero nunca olvidaré algunas obras maestras: las estatuas de Mari, las ciudades helenísticas de Palmira y Apamea, el teatro romano de Bosra, la sinagoga de Dura Europos, el santuario bizantino de San Simeón Estilita, la mezquita omeya de Damasco, o la imponente fortaleza gótica del Krak de los Caballeros.

La geografía fue también otra agradable sorpresa. Siria no es estrictamente desértica. Además de poseer una zona, la próxima al Mediterráneo, de tierra roja y feraz, bien regada por el Orontes y sus afluentes, el resto es estepa, más que desierto, y allí donde hay agua, surge un mancha verde y cultivos mediterráneos.

Lamentablemente, el país no pasa por sus mejores momentos. Articulado en una sociedad disforme y muy diferenciada, donde la huella musulmana es viva y patente, en el territorio conviven la penuria y la escasez, -la miseria y la mendicidad no las vimos- con los barrios opulentos de Damasco y Alepo. Y todo ello articulado en un sistema totalitario y corrupto, donde el culto a la personalidad del joven jefe del Estado, Bachir el Asad, resulta tan omnipresente como antipático.

Jordania, país más desarrollado y occidentalizado, tiene indudables encantos: los paisajes bíblicos en torno al Monte Nebo, el Jordán y el Mar Muerto; joyas como Petra o Gerasa; o espacios naturales emblemáticos como el desierto de Wadi Rum, de impresionante belleza. Pero puestos a elegir, me quedo con Siria. Pocos países presentan tanta densidad humana, histórica y artística.

El viaje es muy recomendable, y la seguridad está garantizada. Aunque no me atrevo a proclamarlo alto, debido a la crisis, les animo a explorarlo. El cuerpo volverá cansado, pero el espíritu vendrá, se lo aseguro, renovado y rejuvenecido.

 

Diario de Navarra 23/4/2009

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