Mociones de censura

El panorama político en Navarra anda revuelto a cuenta de las mociones de censura presentadas contra las alcaldías socialistas de Ribaforada y Cintruénigo.

Tal vez para introducir el tema convendría hacer algunas precisiones. Nuestro sistema político contempla que la alcaldía la ostenta no el partido más votado, sino el cabeza de lista apoyado por la mayoría de los concejales. Y esto es lo que sucedió en las últimas elecciones: que aunque UPN fue la lista más votada en ambas poblaciones, los grupos de izquierda –PSN-PSOE y APC en Cintruénigo- y PSN-PSOE e IU en Ribaforada- apoyaron legal y legítimamente al candidato socialista en ambos casos.

Transcurrido año y medio, las mayorías naturales parecen haberse esfumado y, en una decisión políticamente poco explicable, los partidos más alejados entre sí se unen para desbancar a las alcaldías socialistas. Por supuesto, la moción de censura está contemplada en nuestro ordenamiento jurídico y es perfectamente legal. Pero ¿son suficientes las razones aducidas para el cambio?

En Ribaforada parece que la suerte está echada. En el caso de Cintruénigo, el peso de los partidos se ha dejado sentir y la moción de censura ha pasado de momento a mejor vida. Otra cosa es la Caja B aparecida en el municipio, práctica reprobable sea quien fuere quien la promoviera. Afortunadamente, los partidos con su exigencia unánime de transparencia, la intervención de la fiscalía, y la auditoría de la Cámara de Comptos con su probado buen hacer, nos permiten ser moderadamente optimistas. La verdad se esclarecerá y cabe esperar que los culpables paguen por ello.

En todo caso, los dos hechos ponen de manifiesto algunos principios difíciles de cohonestar: la autonomía local y sus límites, el peso orgánico de los partidos en las decisiones de trascendencia supramunicipal, la necesidad de ayuntamientos estables y gobernables, la especial dificultad de separar lo personal de lo político en poblaciones pequeñas.

Cabe esperar que triunfe el diálogo y el sentido común, además de la legalidad. Son las armas de las que disponemos los demócratas para seguir pensando que, con todos sus defectos, la democracia es el menos malo de todos los sistemas políticos posibles.

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