Woody Allen en Pamplona

Me encantan las personas inteligentes y polifacéticas. Y, qué duda cabe, Woody Allen es una de ellas. Director, actor, guionista, escritor y músico, además de rarito y un punto histérico, sus películas siguen siendo objeto de culto para una generación que ya empieza a peinar canas o a no tener qué peinarse. Los que amamos sus películas no nos ponemos de acuerdo en la lista de las mejores, pero en los primeros puestos siempre aparecen Hannah y sus hermanas, Annie Hall y Manhattan, aunque el resto sea también globalmente excelente, aunque más irregular.

Pero hoy, Woody Allen no viene aquí en su condición de cineasta, sino en su faceta de músico. Faceta tan importante para él que, en otro rasgo peculiar de su personalidad, le impide asistir a las veladas de los Oscar, porque tocar en su club de jazz es irrenunciable y prioritario.

El concierto en Baluarte no fue memorable, pero sí amable y divertido. Con la sala repleta y un público entregado ma non troppo como sucede casi siempre en Pamplona, la New Orleans Jazz Band comenzó con ciertos titubeos, pero fue progresivamente entrando en calor y nos deparó una muy agradable velada. El contrabajo y el batería no tuvieron actuaciones especialmente relevantes, pero fueron músicos solidarios y eficaces. El pianista, el trompetista y el trombonista fueron, a mi juicio, las estrellas del concierto. Sus solos resultaron excelentes, variados y de calidad. Y casi todos ellos lucieron voces nada deslumbrantes, pero sí aseadas y acordes al espectáculo.

Y entre los grandes de su banda, allí estaba Woody Allen, tímido, discreto y amable en lo humano y en lo musical. Una corta y algo convencional introducción y una despedida para presentar a sus músicos fue toda su intervención hablada. El resto lo expresó a través de su clarinete y su gestualidad, con ese aire de desvalido que le caracteriza. Evidentemente no es un don nadie en el clarinete, pero sin duda era el más flojo del grupo. Pero esto, dicho sea en su honor, no es mi opinión , lo ratifica él en el programa de mano: “No soy más que un clarinetista amateur. Si yo no fuese célebre, la gente no vendría a mis conciertos. Vienen más a verme que a escucharme”.

Ocupaba, por razones de azar y escasa puntualidad a la hora de pasar por taquilla, la última fila del palco, la más alejada del escenario. Por lo tanto, casi no lo pude ver, pero sí disfrutar de una música que no conozco bien, pero que me gusta.

Inteligente Allen con su gira, porque además de pasárselo él también bien, aprovechando la comodidad de su avión privado, ha podido hacer un poco de turismo y airearse por la vieja Europa, además de ahorrarse el coste del psiquiatra, una pasta si nos guiamos por alguna de sus películas.

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