Nadal y el tío Toni

Comentábamos no hace muchas semanas, con motivo del fallecimiento de Iñaki Ochoa de Olza en el Annapurna, el indudable impacto social que tiene la alta competición en nuestras sociedades desarrolladas. Pocos acontecimientos provocan tanta pasión y tantos seguidores como una olimpiada, unos campeonatos mundiales o europeos de fútbol, o un gran premio de fórmula uno. Y si el ejemplo lo circunscribimos a Navarra, sólo el Osasuna consigue, pese a su mala racha, reunir a más de 15.000 personas en su estadio, se llame el entrenador Ziganda o Camacho.

Y los dioses de este Olimpo son los deportistas de élite. ¡Y qué élite! Los hay desde analfabetos funcionales, los más, a jóvenes que se expresan con corrección en castellano e inglés y hacen gala de sensatez y sentido común en sus manifestaciones, los menos; y desde ejemplos de mala educación y grosería permanente, a personas que encarnan los verdaderos valores del espíritu olímpico.

Uno de los deportistas que mejor definen esos valores positivos a los que acabo de hacer referencia es el tenista Rafael Nadal. Su silueta se nos ha hecho, además de familiar, inconfundible en los últimos años: raqueta en su mano izquierda, melena al viento, cinta en el pelo como un nuevo Diadúmeno, la conocida escultura clásica de Policleto, recia musculatura, camisa sin mangas, pantalones piratas, mirada concentrada, capacidad de sufrimiento, pelea sin fin y, casi siempre, como colofón final, una amplia sonrisa junto a un trofeo ardorosamente disputado.

Afortunadamente, cosa poco habitual, Rafael Nadal no pierde enteros sin su raqueta. Su proverbial corrección, su respeto por los rivales, su exquisita educación, y su escaso endiosamiento le convierten en un tipo que suscita una simpatía generalizada, hasta el punto de ser el hijo que casi todos los padres quisiéramos tener, porque aunque sí lo haga con el cordaje de su raqueta, no parece ser capaz de romper nunca un plato. Su imagen seductora y de ídolo de masas quedó perfectamente de manifiesto la semana pasada en la entrega de los premios Príncipe de Asturias de Oviedo, lo que me exime de más comentarios. Los navarros sabemos algo de esto, porque la figura de Miguel Induráin encarnó, en buena medida, valores similares a los que ahora estamos glosando.

Pero tras la figura gigante de Rafael Nadal aparece siempre otro personaje menos conocido y valorado, el tío Toni, su entrenador, amigo y hombre de confianza. Desde su tierna adolescencia, le ha acompañado, enseñado, corregido y alentado en su periplo por los cinco continentes. Y allí esta él, sentado en la tribuna, con su gorra de visera, su semblante serio, su espíritu austero y sus indicaciones precisas. No hace mucho, tuve ocasión de leerle una larga entrevista y mi admiración hacia su persona creció extraordinariamente. No se pueden tener las cosas más claras ni ejercer mejor labor pedagógica. Riguroso, cercano, amable, disciplinado y sensato, él es, en buena medida, el causante de que un impetuoso joven se haya convertido en un consumado tenista, y de que en vez de hablar de un ídolo vanidoso y engreído nos refiramos a Nadal como un referente positivo para la juventud actual.

No son pocos los ejemplos en sentido contrario. Desde esos padres agresivos y agresores que abundan en los campos de fútbol, incapaces de ver que sus hijos -figuras en ciernes para ellos- no pasarán de las categorías inferiores, a esos entrenadores de jugadores de alto nivel que tienen como único objetivo la consecución de éxitos deportivos, aunque en el camino dejen una piltrafa humana incapaz de asumir su condición de ser anónimo y mortal el resto de su vida.

Al final, una vez más, no hablamos solamente de dinero, sino también de valores. Y éstos, hoy los encarnamos en Nadal y en el tío Toni. ¡Enhorabuena a ambos!

 

Diario de Navarra, 30/10/2008

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