La encina de Mendaza

Con la misma puntualidad temporal que siempre, pero con cierto retraso meteorológico, debido a la agitada semana que hemos disfrutado en la que, al fin, la nieve y la lluvia se han hecho presentes, hemos comenzado la primavera. Atrás ha quedado el invierno, débil y seco, y como lógica y fatal consecuencia, los campos presentan unos cereales llenos de calvas, achaparrados y de un color verde-amarillento que no presagian nada bueno. Las lluvias de los últimos días no han cambiado la tendencia, pero han calmado, siquiera en parte, la sed de los secanos.

Este que describo es el paisaje que diviso diariamente desde La Solana y el que me acompaña en mi desplazamiento diario hasta Pamplona. Pero hoy, sábado 29 de marzo, día en el que escribo estas líneas, la bonanza del tiempo es ostensible y es hora de salir a recibir a la primavera. Las posibilidades que se me ofrecen son muchas y, entre ellas, me inclino por la Berrueza, un valle encantador y poco conocido de la Navarra primordial, ubicado en el corazón de Tierra Estella, magníficamente estudiado en lo geográfico por Vicente Bielza de Ory y Alfredo Floristán, sugestivamente evocado en lo histórico por Angel Martín Duque, Fernando Videgáin y María Inés Acedo, primorosamente descrito en lo artístico por María Concepción García Gainza, y parcialmente analizado en lo etnográfico por Pablo Antoñana, Angel Martínez Salazar y David Mariezkurrena.

El valle está hoy un poco más cerca de la Navarra urbana, ya que la autovía del Camino, por un lado, y los accesos desde la misma por los enlaces de Arróniz y Los Arcos, lo han hecho más accesible y permeable. Del valle destacan en lo geográfico sus serrezuelas y su tierra roja tan característica, hecha habitación humana y divina en casonas e iglesias; en lo histórico, su poblamiento prehistórico, su vinculación desde antiguo al reino de Pamplona y los lances acaecidos en la primera guerra carlista; en lo artístico,  su riqueza, con dos enclaves excepcionales, San Andrés de Learza y San Gregorio Ostiense; en lo demográfico, sus pequeñas poblaciones, en el límite entre el bosque y los campos de cultivo; y en lo económico, sus campos de cereal, moteados con alguna esparraguera y viñedo, de cosecha casi siempre segura y abundante.

Pero el valle tiene otra rareza excepcional, difundida y premiada en los últimos meses, y objeto último de nuestra visita: la encina de las tres patas, situada en la localidad de Mendaza, en el paraje de La Laguna, entre la ermita de Santa Coloma y el casco urbano.

Tras una empinada pendiente que parte de la iglesia parroquial y un estrecho congosto que nos introduce en la Sierra de las Dos Hermanas, en una hermosa cubeta festoneada de encinas y chaparros, se encuentra nuestro ejemplar. Solemne y discreta, hueca y llena de vida, retorcida y enhiesta, la encina de Mendaza se alza sobre tres soberbias patas que la unen a la tierra y la separan de ella, lo que tal vez explique su longevidad manifiesta. La cincha y las varillas metálicas que la suturan apenas le quitan un ápice de su prestancia. Resulta asombroso, pero más de mil años nos contemplan.

La vista desde Santa Coloma es excepcional. Una vez más, los fértiles campos de cereal parecen haberse librado de la sequía que azota el entorno. Lo comprobaremos a mediados de mayo, cuando nos convoque San Gregorio Ostiense a su romería, y desde el alto de Piñalba veamos el valle preñado de fruto, convertido en un rumor de verdes olas.

Allá se queda desafiando al tiempo la encina milenaria. Esperemos que en la próxima ocasión, con el dinero del premio obtenido, se haga realidad lo  prometido por el presidente del concejo: una buena señalización y una mesa interpretativa que nos explique adecuadamente su historia. El ejemplar se lo merece.

 

Diario de Navarra, 3 de abril de 2008

 

 

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