La ampliación del Prado

Para los que vivimos en ciudades de pequeño porte o en el ámbito rural, Madrid es una población difícil e incómoda. Su ritmo frenético, su tráfico endiablado y sus continuas remodelaciones no la hacen precisamente una ciudad amable y acogedora. Pero hay que reconocer que posee dos virtudes innegables: una gran capacidad de apertura a gentes e ideas nuevas, y un dinamismo económico, social y cultural que la ha situado entre las grandes de Europa.Desde el punto de vista artístico y cultural, su institución más emblemática es el Museo del Prado, sin duda una de las primeras pinacotecas del mundo. Pero el edificio de Villanueva, uno de los grandes conjuntos neoclásicos de nuestro país, se había quedado pequeño para albergar las colecciones y hacer frente a las nuevas necesidades y retos, y los variados intentos de paliar la falta de espacio no habían dado los frutos apetecidos.

Tras diversos avatares, Rafael Moneo, nuestro tudelano universal, recibió el encargo de acometer la ampliación. Un regalo a la vez envidiable y envenenado, dado lo difícil del empeño y las hipotecas de partida.

A mi juicio, Moneo no solamente ha salido airoso del importante reto, sino que, una vez más,  ha dado una sabia lección de arquitectura. Su intervención es un homenaje a Villanueva, con el que no compite sino al que complementa. La discreción del ladrillo rojo, el clasicismo del cubo, apenas roto por unas hermosas puertas casi orgánicas, y el rigor geométrico de los espacios ajardinados, no son sino ecos transmutados del ejemplar edificio dieciochesco. Un respeto, que se convierte en exquisito cuidado a la hora de unir las edificaciones y articular el conjunto, sin ni siquiera herir los paramentos del edificio histórico. ¿Y qué hacer con el claustro de los jerónimos, una ruina hermosa y vetusta que condicionaba en buena medida la propia ampliación? La solución ideada por Moneo me parece inteligente e idónea, a lo que contribuye de forma  notoria la magnífica colección de estatuas cortesanas de los Leoni expuestas en su entorno.

Si del exterior pasamos al interior, los aciertos son igualmente notorios. El gran vestíbulo de entrada que sirve de nexo de unión nos acerca a un museo de nuestros días, con espacios para la información, el disfrute y el descanso.

En todo caso, la feliz ampliación arquitectónica tiene un obligado fin: albergar en las mejores condiciones posibles el espacio para la contemplación de la pintura y la escultura. Y la colección que actualmente alberga el nuevo Prado es también espléndida, una antología de las obras más destacadas del siglo XIX español, desde Goya hasta Sorolla, pasando por el romanticismo, Madrazo y el purismo académico, Rosales y la pintura de historia, el paisaje realista, y Fortuny y su círculo. Una selección equiparable en calidad formal a la de otras destacadas escuelas europeas de su tiempo, aunque falte el genio y el duende del que hacen gala algunos autores de siglos anteriores y que retomarán otros del siglo XX.

En este conjunto resaltan de forma especial los cuadros de historia, enormes de tamaño, grandilocuentes de actitudes, y faltos las más de las veces de vida propia. Archiconocidos para los que peinamos canas, ya que ilustraron nuestros raídos libros de historia, ejemplos de una época felizmente periclitada, sus escenas acompañaron nuestra niñez y juventud, por lo que contemplarlos ahora bien contextualizados supone un doble regocijo para la mente y el espíritu.

La exposición, pese a su aire definitivo, es temporal y tiene fecha de caducidad, abril del 2008. Con esta ampliación costosa, compleja y exitosa, el Prado gana espacio, crédito y modernidad, y sigue situado entre los grandes.

                                Diario de Navarra 21/2/2008

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