Tatiele De Sousa

Tenía nombre de revista y sólo veinte años. Había nacido en Posse, una ciudad de Goiás, estado situado en el interior del inmenso Brasil, en plena cuenca amazónica. Murió el pasado viernes en Pamplona, asesinada presuntamente por un compatriota suyo de apenas veintitrés años. Hacía solo seis meses que se encontraba entre nosotros, suficientes como para desear la vuelta a la pobreza y el desarraigo de su tierra natal, una vez conocido el ficticio paraíso con el que soñó. Pese a los escasos días transcurridos es ya la víctima número cinco de la violencia de género en este recién estrenado 2008. Aunque las preguntas se nos acumulan para tratar de explicar tamaña barbarie, y no tenemos respuestas a las mismas, no resulta difícil reconstruir su precaria y corta existencia.

Goiás es un estado que no forma parte del Brasil puntero que se abre al progreso y al futuro. Tras un pasado no muy lejano vinculado al oro, hoy sus cinco millones de habitantes viven de la agricultura, la ganadería, el comercio y una incipiente industria.

Tatiele era una criatura del subdesarrollo. Deficientemente escolarizada, con una familia más abundante en bocas que en recursos en la que pronto faltó el padre, estrenó su explosiva adolescencia con un hijo a los 17 años y una fugaz convivencia conyugal. Nada especialmente llamativo en el ambiente en el que se encontraba. Tal vez para huir de este panorama, quiso hacer realidad  lo que la prensa rosa y las telenovelas le ofrecían: una vida mejor lejos de los suyos, al otro lado del mar, como respuesta al viaje de ida que éstos habían hecho a su Brasil natal en los siglos precedentes.

El contacto no le resultó difícil. España era, visto desde lejos, un país apetecible. El nivel de vida, el idioma, la facilidad de entrada, fueron razones tenidas en cuenta. Lo de Pamplona, probablemente fue pura casualidad: amigos comunes, un pariente más o menos cercano, unas señas o un número telefónico.

¿Y qué le ofreció nuestra ciudad, la fría y acomodada capital del norte de España donde vino a aposentarse? Añoranza, desarraigo, un ambiente hostil, algunos subempleos y el club de alterne en el que ahora trabajaba. En malas condiciones, sin duda ninguna, agravadas por la situación irregular en la que se encontraba. Por cierto, ¿cómo será el día a día de un irregular entre nosotros, verdadera lucha por la supervivencia, atento siempre a la pregunta indiscreta, la mirada larga y el ademán despectivo del ciudadano, o la presencia inquietante de la policía, capaz de acabar con el eufemismo del nuevo Eldorado? Confieso que tengo el corazón partido y que el ciudadano de orden que desea un flujo migratorio controlado y legal pugna en mí con el ser humano que aspira a compartir con su prójimo una vida mejor y entiende una situación a todas luces injusta.

No todo fueron sinsabores en esta estancia en Pamplona. Detalles de humanidad de otros ciudadanos, conversaciones con los suyos, especialmente su madre que le hablaba de su hijo de tres años, besos, abrazos y amores, quisiera creer que sentidos, también formaron parte de su balance entre nosotros. Thiago Rosa Da Silva llegó a su vida hace unos meses. Tenía 23 años y una vida paralela a la suya. Los dos trabajaban en el mismo club de alterne y ambos tenían sendas órdenes de expulsión, ella por encontrarse en situación irregular y él por tener los papeles falsos.

El desenlace lo conocemos. Seis cuchilladas mortales y un salto al vacío, una vida truncada y otra quebrada de forma irreparable. Con suerte, el primer mundo repatriará el cadáver al que esperarán una madre desconsolada y un niño de ojos grandes. Además de la condena y la rabia, me quedan dos preguntas por suscitar ¿Por qué la vida es tan injusta y las desgracias siempre se ceban sobre los mismos? Nosotros, los biennacidos, los bienpensantes ¿no somos en parte culpables? 

                                               

Diario de Navarra 24/01/2008

 

 

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