Tulebras o la constancia

El domingo pasado, un reportaje de la 2 de televisión española nos permitió conocer un poquito más de cerca ese mundo tan peculiar y desconocido de los monasterios de clausura. Nos presentó dos comunidades  bien distintas, una femenina sevillana y                            otra masculina soriana, ambas de la orden cisterciense. Con escasas variantes, las dos respondían a una misma tipología:  hombres y mujeres retirados del mundo pero no ajenos a él, mujeres y hombres dedicados al trabajo manual y a la oración, comunidades de carne y hueso con dificultades materiales, escasez de vocaciones y una confianza casi infinita en la Providencia. Y una sensación, la de sentirse realizados y plenos en su desnuda sencillez.Navarra tiene una larga tradición de vida religiosa contemplativa, con dos monasterios masculinos en activo y treinta femeninos. Todos presentan sus peculiaridades, pero me van a permitir que fije mi atención en uno al que me une una larga relación de fraternidad, el monasterio cisterciense de Santa María de la Caridad de Tulebras. Situado en la frontera meridional de Navarra, el monasterio es una fundación del siglo XII y, pese a guerras y desamortizaciones, ha sido habitado ininterrumpidamente por las monjas durante los ocho siglos transcurridos. El paso de los años, las sucesivas edificaciones y las peculiares normas de la orden habían convertido Tulebras en un incómodo caserón, cubierto en sus zonas más nobles de un cascarón barroco de escaso interés, con un futuro difícil y una dudosa supervivencia. Y… una vez más, se obró el milagro, que en este caso tiene nombres de mujer. Una abadesa navarra, Isabel Iñigo, una joven monja gaditana llena de ímpetu e iniciativa, Margarita Barra, abadesa a su vez desde 1982 hasta 2007, y una comunidad animosa fueron las artífices del cambio. Y la renovación abarcó a todos los órdenes del monasterio: el espiritual, al amparo del Vaticano II, el económico, con un cambio drástico en sus medios tradicionales de vida, y el artístico, con un proceso de rehabilitación del conjunto que ha dejado el cenobio casi irreconocible.La renovación espiritual ha permitido a la comunidad, además de cambios perceptibles, despojarse de lo accesorio y tratar de volver al espíritu de la regla primitiva.La renovación económica ha hecho posible pasar de una economía de estricta subsistencia, basada en el cultivo de la huerta y las labores de costura para los jesuitas de Veruela, a una situación más diversificada, basada en una granja de gallinas reproductoras, la elaboración de pastas y otros productos artesanos, el fruto de las pensiones, y la hospedería, última obra acometida.El 11 de mayo de 1970, con gran entusiasmo y sin ninguna ayuda, comenzó la restauración de la iglesia. Se picó todo el cascarón barroco, se desmontó el retablo, ahora en el museo, se conservó la mesa de altar original y se desnudaron las paredes, a tono con la austera tradición cisterciense. Un cantero navarro y otro gallego fueron los únicos oficiales de una obra hoy impensable, sin arquitecto ni aparejador, en la que las monjas abrieron su propia cantera con pólvora traída por ellas mismas del Fuerte de San Cristóbal. Tras la iglesia, vino el claustro, el convento, el palacio abacial y la hospedería, estas últimas con la ayuda de la Institución Príncipe de Viana. Más de treinta años de trabajo paciente, en el que las monjas han ocupado el tiempo que les ha dejado libre la oración y la “lectio divina”, su ocupación fundamental a lo largo del día.Si ustedes quieren disfrutar de otra dimensión del tiempo, les aconsejo unos días de estancia en la hospedería. Quiere ser, dice la hojita de presentación, un lugar de paz y oración que ayude a descubrir lo trascendente de la vida en la sencillez de lo cotidiano.Les aseguro que es un buen lugar para intentarlo.                                                                                                Diario de Navarra, 10/1/2008

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