Un elocuente silencio

La vocación natural del ser humano es vivir en sociedad. Desde los pequeños grupos del Paleolítico hasta desembocar en la actual civilización, el hombre ha tendido a juntarse con sus semejantes a fin de atender adecuadamente sus necesidades temporales.

Si de las necesidades del cuerpo pasamos a las del espíritu, la necesidad de reunirse para orar juntos y conformar una comunidad, todavía se hace más patente. Y esto, al margen de que los creyentes sigan inmersos en el mundo dedicados a sus ocupaciones temporales, o de que se retiren en todo o en parte de él, conformando comunidades religiosas de uno u otro signo.

Hay, no obstante, un pequeño número de personas, que contraviniendo esta norma general, han decidido a lo largo de los siglos huir voluntariamente del contacto con los demás mortales, retirarse a un lugar normalmente apartado e inhóspito y pasar su vida  en solitario, en contacto directo con la naturaleza, ellos mismos y la divinidad. Aunque son una figura escasa pero usual en las más variadas religiones, entre nosotros los más conocidos son los eremitas, personas consagradas a Dios que en los primeros siglos del cristianismo se retiraron al desierto o a otros lugares apartados,  profesando una vida solitaria. Estos eremitas, con el paso de los siglos, fueron variando sus formas de existencia, y a partir del siglo VI, con San Benito y su regla, se impone un tipo de vida en el que lo comunitario va ganando terreno a lo individual y en el que el monasterio sustituye al refugio solitario.

De entre todas las órdenes monásticas, tan abundantes y fecundas a lo largo de los siglos, la más estricta en la observancia de determinados principios como el silencio, es la de los cartujos. Fundada por San Bruno en el siglo XI, todavía hoy es una realidad en la Iglesia con 370 monjes y 75 monjas distribuidos en 23 monasterios de diversos países  de Europa y América. A mitad de camino entre los eremitas y las comunidades contemplativas, los cartujos basan su carisma en la soledad, el silencio, una cierta mezcla de vida solitaria y de vida comunitaria, y una combinación de trabajo y oración, donde el primero ocupa un tiempo no muy grande, el justo para permitir una frugal subsistencia, en beneficio del segundo, verdadero motor de su existencia.

Los navarros aficionados al buen cine hemos tenido la oportunidad de conocer su vida y su carisma en una película excepcional. Con el título de “El gran silencio”, su director, Philip Gröning, filmó durante 4 meses con una cámara de mano la vida de los monjes en la abadía de la Grande Chartreuse, situada en plenos Alpes franceses.

Convertida en una película de culto, gracias al boca a boca de quienes la habían visto, durante varias semanas ha permanecido en nuestra pantallas para sorpresa de muchos. A lo largo de 164 minutos no pasa casi nada, pero se adivina una gran vida interior en el grupo de hombres regidos por la campana, la austeridad material y la oración. Largos planos donde sólo hablan la belleza plástica y el silencio; oscuridades nocturnas, iluminadas por el cirio y el canto de los monjes; hermosas escenas blancas, donde la nieve entumece el cuerpo y alienta el espíritu; profundos silencios sonoros que permiten percibir diálogos de eternidad. Y pasan los días, y pasan los meses, y allí permanece el monje, transmutado en ciego agradecido que ve interiormente, en hortelano que cuida un efímero huerto que la nieve cubrirá enseguida, o en novicio de tez morena que viene buscando otros fuegos de su tierra ardiente.

El contraste con nuestro mundo no puede ser más fuerte. El ruido, la prisa, el vocerío, los medios de comunicación, no invitan al viaje al interior de uno mismo. Pero antes o después, tendrá que hacerse. La película nos permite ver con claridad dónde reside lo esencial. Ése es su mensaje, transmitido a través de un elocuente silencio.

                                                                                    Diario de Navarra, 22/3/2007

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