Las plazas y su pálpito

En la historia de la ciudad y del urbanismo, la plaza es un hito especialmente relevante que simboliza el nivel de socialización del individuo. La civilización griega y romana la personificaron en el ágora y el foro, y fruto de estos aportes y de la peculiar idiosincrasia hispana es la plaza mayor de nuestros pueblos y ciudades, uno de los “invariantes castizos de nuestra arquitectura” en afortunada expresión de Fernando Chueca Goitia. La colonización española la transplantó a la América hispana con tal acierto, que algunas plazas de armas de este continente se encuentran entre los ejemplares más logrados del urbanismo mundial.El imaginario colectivo de plazas con historia es numeroso y variopinto: las hay inmensas e impersonales como Tiananmen en Pekín, solemnes como el Zócalo en Ciudad de México, artísticas como San Pedro del Vaticano en Roma, castizas como las plazas de armas de La Habana o Cuzco. Si nos circunscribimos a nuestro país, el elenco es amplio y selecto: la recoleta de Santa Cruz en Sevilla, la sobria de Madrid, la exuberante de Salamanca, la desolada de Medinaceli o la circular de Tarazona. Finalmente, si ponemos la vista en Navarra, tampoco faltan ejemplares de calidad: la exquisita e íntima de San Martín en Estella, la familiar del Castillo en Pamplona, la irregular y porticada de Los Arcos, o la bulliciosa Nueva de Tudela.Pero permítanme que, por una vez, me aleje de las mugas forales y fije mi atención preferente en el que yo considero el conjunto de plazas más hermoso del mundo, al menos del que yo conozco: las que rodean la catedral de Santiago de Compostela, obra cumbre del románico, recubierta de un cascarón renacentista y barroco, unas veces genial y otras bienintencionado. Hace pocos días  he tenido la oportunidad de pasearlas, de disfrutarlas y, en consecuencia, de sentir su pálpito en momentos bien distintos. La más amplia y conocida es la Plaza del Obradoiro, articulada en torno a cuatro edificios muy diferentes entre sí: la gran fachada barroca de la catedral, el sobrio y rectilíneo palacio neoclásico de Rajoy, el coqueto edificio gótico del rectorado de la Universidad de Santiago y el imponente hospital plateresco de los Reyes Católicos. La visión nocturna, con la catedral iluminada, subrayaba el carácter escenográfico de la fachada, y la presencia de una exigua tuna y unos turistas extranjeros dotaba a la misma de un romanticismo un punto decadente. La visita con las primeras luces del alba subrayaba el perfil clerical del entorno. Algunos canónigos y los primeros peregrinos recordaban el carácter jacobeo del recinto, verdadero kilómetro cero de los Caminos procedentes de los cuatro puntos cardinales. La misma plaza, con el paso de las horas, sufría un cambio considerable, y a mediodía se convertía en un bullicioso enjambre en el que turistas, peregrinos, funcionarios y comerciantes recordaban el trasiego descrito hace ya más de ocho siglos por el clérigo franco Aymeric Picaud. El disfrute del Obradoiro se completa con las otras tres. La plaza de la Inmaculada o de la Azabachería, está dominada por la mole del monasterio benedictino de San Martín Pinario, edificio gigantesco que alberga en su seno desde el  seminario mayor a la Galicia Digital, ejemplo de una región que se abre al futuro. El estrecho paso de la Corticela, históricamente “parroquia de extranjeros y vascos” nos conduce a la plaza de Quintana, un espacio lleno de sosiego, articulada entre la cabecera de la catedral y el monasterio femenino de San Paio. La cuarta plaza, diminuta y exquisita a la vez, es la de Platerias. La gran torre del reloj y la primitiva portada románica articulan un espacio recogido, con un diálogo estilístico insuperable.

El paseo nocturno se alargó y llegó la medianoche, Y allí, casi sólo, entre anonadado y expectante, la Berenguela hizo sonar, reposadas y solemnes, las doce campanadas. Empapado de sueño y de belleza me fui a dormir. Santiago siempre merece la pena.

                                                 Diario de Navarra, 1/11/2007

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