El señorío de Arínzano

En 1988, la familia Chivite buscaba ampliar su negocio vitivinícola familiar, radicado desde antiguo en Cintrúenigo, y extenderse a tierras más frescas que permitieran  elaborar otro tipo de caldos. El azar hizo que por esas mismas fechas se pusiera a la venta el antiguo señorío de Arínzano, situado en Tierra Estella, en el histórico valle de La Solana, y la feliz coincidencia acabó en un afortunado maridaje. Pero el señorío de Arínzano no era un terreno cualquiera. Sus trescientas hectáreas están situadas en un paraje de gran belleza natural recorrido por el río Ega, con presencia de árboles de ribera, un hermoso encinar, tierras de labor y un monte bajo repleto de plantas aromáticas. Y en medio de esta envidiable propiedad, un conjunto de edificaciones interesantes, aunque en mal estado, reflejo de una historia de siglos. Sin duda, un marco idóneo para una bodega de prestigio que continuara la larga tradición vinícola de la firma.Rafael Moneo, buen amigo de la familia, fue el arquitecto elegido para diseñar el proyecto. Una acertada decisión a la que nuestro tudelano universal respondió con dos condiciones que le honran: que se elaborara un buen vino, y que los edificios históricos del señorío se restaurasen. El resultado está a la vista. Una estructura arquitrabada, elegante en su desnuda sencillez, sirve de pórtico a la finca. Una vez en ésta, largas hileras de vides nos acompañan hasta el río. Y pasado el puente, el despliegue estético resulta extraordinario. El conjunto de edificaciones del señorío ha dado paso a una trinidad arquitectónica compuesta por una torre del siglo XVI, correspondiente al palacio de cabo de armería, una casona del siglo XVIII, vivienda de los señores tras la ruina parcial de la anterior, y una minúscula iglesia neoclásica, de los primeros años del siglo XIX. Las tres, primorosamente restauradas por el propio Moneo, junto con las vides, la rosaleda y los plataneros, quedan abrazadas por la bodega, que acoge con cariño lo que tienen de pasado y las arropa bajo la atenta mirada del encinar próximo y el algo más lejano Montejurra. La bodega, un edificio cuantitativamente menor en comparación con otras obras del autor, no lo es desde el punto de vista cualitativo. El respeto y la integración en el entorno, consustancial a nuestro arquitecto, el buen gusto del conjunto, y la exquisitez de los detalles hacen de Arínzano un ejemplo paradigmático de “bodega paisajística”, hecha más para la consecución del objetivo perseguido, elaborar un buen vino, que para el lucimiento del autor. Puestos a destacar, hay tres elementos especialmente relevantes: el hormigón abujardado que domina el conjunto, con un tono suave que el paso de los años y la humedad transmutarán en uno más de los colores propios del lugar; las fuertes pendientes de un tejado de cobre, a la espera de que el tiempo mimetice con el tono verdoso del encinar que lo corona; y un interior casi religioso, cubierto por estructuras de singular belleza. El más sorprendente, sin duda, es la sala de barricas, donde la dulce quietud y el diálogo fecundo entre el despliegue de vigas de la madera cálida del techo y los toneles del mejor roble francés no hacen sino aportar goce estético al objetivo primordial perseguido: la consecución de un vino extraordinario.

En 1143, un documento del monasterio de Irache nos habla de la compra de varias viñas por parte del monasterio en terrenos de Arínzano. Nueve siglos después, su vocación vitivinícola no sólo ha sido puesta en valor, sino que lo ha consolidado como uno de los emblemas del vino en Navarra. No obstante, lo alcanzado no es sino una excelente carta de presentación de un último objetivo, conseguir que el señorío se convierta en un pago que acoja lo más selecto de la producción de la familia. El esfuerzo de los ausentes, unido al empuje de los presentes, desde los propietarios a los operarios, incluido el arquitecto, habrá merecido la pena.

                                                 Diario de Navarra, 9/8/2007

 

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