Sin momentico

Confieso que no soy persona especialmente proclive a la fiesta ni al ensalzamiento abusivo de lo propio. Sin embargo, mi dedicación a la cosa pública me ha permitido degustarla en sus más variadas representaciones: recepciones, procesiones, comidas, vaquillas y saraos varios. Y aunque cada una parezca insuperable a la corporación y a los vecinos respectivos, vistas con una cierta distancia, casi todas están sazonadas con los mismos ingredientes. Ese toque diferente, esa sal y esa chispa inigualables se las pone uno cuando la procesión, las vaquillas o las pochas tocan nuestra fibra más sensible y nos conectan con un mundo que, casi por perdido, nos resistimos a dejar. Eso me sucede a mí en Los Arcos, donde cada 15 de agosto, junto con mis amigos de la infancia, paseo en procesión a un barroco y policromado San Roque con su pie de plata, o en los días siguientes, en que subido a los barrotes de una de las muchas casas solariegas de la calle mayor, tras amagar una carrera, veo pasar las vaquillas que tanto gustaban a mi padre y que ahora disfrutan mis hijos. Esos son mis momenticos, insignificantes, pero que con la edad empiezan a hacérseme insustituibles.Las fiestas de San Fermín, copatrono de Navarra, también tienen los suyos. La Pamplona actual, desbordante y desbordada fuera de los recintos murados del casco antiguo, da la espalda durante buena parte del año al corazón de la ciudad, pero, llegadas las fiestas, regresa de nuevo al regazo materno y los burgos retoman el pulso perdido. Y aquí, en contacto con la historia global de la ciudad, hecha historia personal de cada pamplonés o pamplonesa, tienen lugar los momenticos: el cohete, el encierro, la procesión, los kilikis. Pero hay uno, hasta hace unos años recoleto y casi familiar, que lo es por excelencia. Es el suyo, el de los pamploneses de los burgos, aunque nosotros los de fuerapuertas o del resto de Navarra les acompañemos en el disfrute. Se lo escuché contar por primera vez a Joaquín Pascal, un pamplonés nacido en la calle Jarauta que disfrutó y amó a su ciudad, dirigiéndose a los navarros afincados en Argentina. Tras la procesión de San Fermín, que recorre los burgos de San Nicolás y de San Cernin, y que apenas se asoma a la ciudad de la Navarrería, la corporación pamplonesa acompaña, calle Curia arriba, al cabildo hasta la catedral. Y allí, cada siete de julio, se produce el momentico inolvidable. Gigantes, kilikis, gaiteros y chistularis, unidos a las campanas, la María incluida, se marcan unos bailables que son algarabía reluciente, tradición ancestral e historia viva de unas relaciones  nada fáciles entre el poder municipal y el poder eclesiástico, que durante siglos enseñoreó la ciudad. Tras la despedida de los canónigos a los regidores del municipio en el interior de la propia catedral, la vuelta al ayuntamiento ya es otro cantar. Desconozco si la cosa viene de antiguo, pero en los últimos años los aplausos y los pitos a la corporación, personificada en la actual alcaldesa, han subido muchos decibelios y el alboroto callejero va en aumento.

Eso es lo que tuve ocasión de contemplar por primera vez el año pasado y reconozco que me interesó vivamente. Por esa razón, era uno de los que esperaron pacientemente junto al zaguán de la catedral el pasado día siete hasta las dos y cuarto de la tarde,  sin que las campanas nos anunciaran la llegada de la comitiva ni las verjas de la catedral se abrieran a asistentes y curiosos. Lamentablemente, el acto se suspendió. Las razones aducidas por unos y otros nos convencerán más o menos, pero tampoco conviene sacar las cosas de quicio. Juan José Martinena nos podría contar múltiples episodios de tensiones cívico-festivas que jalonan buena parte de nuestra historia. De nuevo, y ahora más que nunca, es preciso apelar a la convivencia ciudadana. Pero sepa el cabildo que el lamentable episodio de la pancarta del Muthiko, que casi todos los que estábamos en la plaza de la catedral repudiaríamos, probablemente no debimos pagarlo los que esperábamos sólo eso, el anhelado momentico.

                                                 Diario de Navarra, 12/7/2007

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